Mejor que encuestar es gobernar
No es una novedad ni tampoco un secreto. Las encuestas de opinión pública son útiles para algunos fines y no para otros. Pero como en otros órdenes de la vida, el problema se presenta cuando esta división no es clara. Y en Panamá, de manera creciente, gran cantidad de políticos abrevan con asiduidad en esta fuente de confusión.
Dos simples preguntas resumen el problema. La primera es básica: ¿para qué sirven las encuestas? Las encuestas proveen información para tomar decisiones (políticas, empresariales o administrativas). Hoy en día es innegable que, rigurosa y sistemáticamente implementadas, constituyen uno de los caminos más eficientes para descifrar las expectativas, las demandas, las opiniones, las prácticas e incluso los valores de una sociedad.
Además, en la vida política sirven para conocer qué piensa la gente sobre los candidatos, los partidos, las instituciones y los diversos temas de interés público. En tal sentido, le brindan al político elementos para definir su acción. Y cuando sus resultados registran lo esperado, les hinchan el ego a sus protagonistas al punto que no creen en más nada, ni siquiera en el margen de error.
Esto nos lleva a la segunda pregunta, ¿para qué no sirven las encuestas? Simplemente, las encuestas no prescriben ni definen cursos de acción. Aquí se sintetiza el origen de toda mala utilización de las encuestas en un proceso de toma de decisiones. Es cierto que brindan información, a veces imprescindible para reducir riesgos e incrementar las probabilidades de éxito, pero los resultados de una encuesta no indican de manera inmediata qué decir o qué hacer. El dato requiere, para tener alguna utilidad, del valor agregado que le brindan el análisis y la reflexión, los cuales pueden fundarse en otras consideraciones, incluida, por cierto, la intuición de quien conoce el tema. Dicho de otra forma, el dato per se no reemplaza (o no debería reemplazar) a la decisión.
La encuesto dependencia, la encuestitis y otros neologismos aún menos felices dan cuenta de esta permanente mala utilización de los resultados que proveen las encuestas. En forma creciente, algunos políticos adoptan estrategias de simple seguidismo de la opinión pública. De hecho, en la actualidad, los datos llegan a ejercer un verdadero poder de veto condicionando las propuestas y la oferta política que los partidos presentan a la sociedad.
Fruto de décadas dominadas por el saber técnico, los encuestadores se acercan cada vez más al lugar de ciertos economistas o politólogos que sentencian el menú de opciones posibles para la acción. Por cierto, no se sugiere aquí que desconocer la realidad sea una buena estrategia. Pero el problema es olvidar que el lugar de la política es el lugar de la promesa, una promesa que siempre busca traducir (para luego concretar) la esperanza de una vida mejor. Y la promesa sólo es efectiva y creíble si se enuncia desde una posición activa y no desde la inactividad de un mero resultado numérico.
El político o gobernante que se priva de su capacidad propositiva por su enfermedad adictiva a las encuestas, reduce su promesa a una tibia manifestación de intereses, y a la larga termina siendo castigado por esa misma opinión pública a la cual sigue de manera obsecuente. Que sirva como dato: el buen político debe ser capaz de crear un clima de opinión, pero debe entender humildemente que en ese campo, las encuestas no son la solución… más bien el problema.
Empresario.
