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'Memento mori'
En la primera mitad del siglo XIX, luego de haber nacido la fotografía, se le encontró un uso que para nosotros, en la era actual, resulta macabro y controversial. La fotografía post mortem retrataba el cadáver junto con familiares, y a veces hasta representándose en una escena diaria de lo que fuera su vida. Y así, veremos fotos de padres posando con sus niños muertos en brazos, en actitud paterna, de cuidado y amor filial. Fotos que fueron tomadas por los años de la era victoriana, cuando la práctica estuvo en boga, entre 1840 y hasta final de ese siglo. Hoy todos, incluso los fotografiados con los muertos, están muertos también. Irónicamente, aquellos cadáveres con los cuales posaron marcaron simplemente los pasos que ellos mismos, tarde o temprano, recorrerían también. Y la lente de la cámara capturó ese inútil esfuerzo de la humanidad por batallar contra aquello que debe ser inevitable un día.
Tal vez, si recordamos que desde que se nace se vive menos, y que nuestro reloj biológico gira a la inversa movido por una cuerda, cuyo resorte agotará su fuerza hasta la inercia, comprenderíamos que la vida se nos va, en forma irrecuperable. Amaríamos más y odiaríamos menos. La vanidad, la soberbia y el complejo de superioridad quedarían todos abatidos ante el reflejo mismo de lo que somos, pasajeros al fin todos, llamaradas de capullo en medio de un universo tan enorme e inconcebible que podría tener más astros que todos los granos de arena que existen aquí en nuestro pequeño mundo. Recobraríamos ese sentido de humildad, tan presente en cada bestia, cuyas vidas se mantienen alejadas del insulto, por más que las podamos agredir.
La superación del hombre se encuentra en parte allí; en ese conocimiento de la superficialidad de su propia y única existencia, que le debería obligar a atesorar cada segundo y cada minuto de cada aliento. Pero todos, la verdad, nos consideramos eternos. Pensamos que el momento de la despedida no llegará; que el sol saldrá mañana para ser remedio a la oscuridad de nuestras propias pupilas cegadas ante esa inevitable realidad.
Un pasaje en especial del Nuevo Testamento alude a esta realidad, cuando en Lucas 12, 16-21, nos habla del hombre rico que, preocupado por el sobrepeso abundante de sus cosechas, concibe la peregrina idea de construir graneros más y más grandes para deleitarse luego por muchos años en la contemplación de esas riquezas; pero esa misma noche, la Providencia le reclamaría su alma. Mensaje similar nos muestra el ritual que se solía observar en las coronaciones de los papas, en las que, durante el curso de la grandilocuente y ostentosa ceremonia, un humilde monje le debía mostrar unas ramas de lino ardiendo que rápidamente se consumía y decirle luego: "Sancte Pater, sic transit gloria mundi" (Santo Padre, así pasa la gloria del mundo). Igual medicina se aplicaba en la antigua Roma a todo general que regresaba victorioso; y así, en su camino hacia el monte Capitalino debía acompañarse obligatoriamente de un esclavo que decía a su oído una y otra vez: “mira hacia atrás y recuerda que solo eres un hombre”. Nosotros no tenemos que pasar esos rituales para recordar lo corto y frágil de nuestro paso por la vida. Cada día debemos encontrar razones en lo valioso de nuestro trabajo, por humilde que sea, y en la compañía sagrada de nuestros seres queridos, de nuestros compañeros y de todos aquellos con los que, en sociedad, nos ha tocado vivir.
Abogado