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Menores y educación sexual

Por: Redacción 19/09/2014

Cuando en el ámbito del derecho penal y de la psiquiatría forense, aun en la psicología, se habla de la libertad sexual, con ella no se quiere indicar otra cosa que la capacidad biológica y mental que tiene una persona para disponer sexualmente de su cuerpo. Los viejos tratadistas consignaban que esa libertad no se entendía, sino solo en el sentido de yacer o cohabitar sexualmente con quien se quiere y no con quién quiere.

Y es que la libertad sexual entraña una idea basal: la madurez en el cuerpo y en la mente para tener ese acceso carnal y emocional, espiritual, con la persona de nuestra apetencia física, anímica, espiritual.

Insistimos mucho en la apetencia espiritual dado que —quede claro—, el acto sexual no tan solo debe entrañar una atracción física, sino la satisfacción que esa persona, que nos atrae, genera en nuestra espiritualidad.

De qué educación sexual en el seno familiar estamos hablando. Si la familia panameña en términos de realidades, cruza por un laberinto de promiscuidad.

Al parecer, esto se está perdiendo. Disponemos de nuestros cuerpos como productos que se exponen y se entregan sin mayor miramiento a una persona, sin sospechar siquiera que tras esa entrega se van perdiendo, cada día más, los valores de la propia autoestima, de la seguridad espiritual, de la estabilidad mental, en fin, se genera todo un desequilibrio, un desbalance de magnitudes insospechadas y que termina dando cuenta de vidas y de almas destruidas por el dictamen de la pasión desordenada.

De manera que sirvan estas reflexiones como introito a la necesaria y oportuna reflexión que amerita la propuesta legislativa que gira en torno a la supuesta educación sexual de los menores y que, a juicio de no pocos críticos equilibrados, dicha propuesta no ha pasado por un debate serio y objetivo de la realidad que enfrentan nuestros jóvenes y que la misma entraña sentar, a nivel jurídico, un precedente de consecuencias no menos insospechables.

Por ejemplo, se ha sostenido, con sobrada razón, que el tema de conferir libertad sexual a los menores —entiéndase aquellos que todavía no han cumplido los 18 años de edad— aún no ha pasado revista en lo mínimo a temas, como por ejemplo: efectos en la juventud —generalmente inmadura para la adopción de posturas serias frente al tema de la sexualidad— en hechos punibles que guardan relación con la violación carnal, actos libidinosos, corrupción de menores, en fin, toda una gama de delitos que transitan, precisamente, por la minoría de edad y que, en no pocas ocasiones, el legislador penal suele adoptar dicha minoría como agravante de los delitos sexuales, precisamente por encontrarse el menor en una discapacidad psicológica para comprender la ilicitud de yacer sexualmente y de su incapacidad para disponer sobre su propio cuerpo.

Bien, el tema de la educación sexual, cosa cierta, se inicia en el hogar. Es allí en donde se imprimen las primeras notas de dicha enseñanza. Sin embargo, pugnan contra esa educación sexual medios de comunicación que promueven pasiones desordenadas, exhibicionismo, y cuanta depravación sexual exista en el catálogo de los estudios de estas materias: pornografía, proxenetismo, exhibicionismo, etc. Y tampoco podemos negar el hecho de que los medios tienden a vender la idea de que un cuerpo hermoso puede ser fuente para la acumulación de riquezas y fortunas, fama, bienestar económico, social, etc., exaltando lo físico por encima de la escala de valores que deben connotar al ser humano y su dimensión antropocéntrica, una idea perversa del progreso y desarrollo individual.

De qué educación sexual, por otra parte, en el seno familiar estamos hablando. Si la familia panameña en términos de realidades, cruza por un laberinto de promiscuidad en donde pueden surgir elementos muy dignos de análisis, en los que resaltan, prima facie, la vivienda, en donde un cuarto es compartido por familias numerosas, en donde toda privacidad o intimidad sexual se pierde quedando manifiesta ante la mirada sigilosa de mentes inmaduras y hasta infantiles.

Invitamos, sin duda alguna, a un debate serio, desapasionado y objetivo del tema. No podemos, a diestra y a siniestra, hacer propuestas legislativas para ganar adeptos y contrarios. Así no se legisla, no debe legislarse. Hay que tener mente de proyecciones ciertas y pensando que estamos tratando con jóvenes, cuya materia aún es una masa muy suave, que requiere aprecio, valoración, protección, cuidados, pero sobre todo, considerando que son, sin duda alguna, quienes constituirán el futuro de la patria y de nuestras familias.

Invitamos al concierto, pero al concierto de oportunidades, de aportes, para construir, para edificar, no para destruir y menos para desorientar. La educación sexual, quiérase o no, demanda que así nos comportemos. Ojo con una propuesta de ley que puede conducirnos a derroteros cruentos y crueles, peores de los que estamos viendo y viviendo.

 

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Viernes 7 de agosto de 2026