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Mentalidad provincial

Por: Redacción 19/12/2016

Las excavaciones y el movimiento de tierra del Canal ampliado, propiciaron también una serie de estudios geológicos que han determinado que el Istmo de Panamá vino a emerger del lecho marino hace aproximadamente 22 millones de años; mucho antes de la existencia del hombre, mucho antes de los últimos periodos glaciales de la tierra, mucho antes de cualquier cronología del tiempo llevada por el ser humano. Y ese reloj geológico al que da inicio nuestro territorio ha generado cambios sustanciales en el mundo que hoy conocemos. Para Anthony Coates, del Instituto Smithsonian, el surgimiento del Istmo genera cambios significativos en el clima mundial, propicia parte de la biodiversidad que hoy existe en nuestro continente americano, inicia un nuevo patrón de corrientes marinas en los océanos del mundo que persiste hasta nuestros días, evita el congelamiento total del continente europeo a raíz del calentamiento de los vientos que se elevan sobre la corriente del Golfo y, a raíz del clima más benigno que su surgimiento había propiciado, pudo inclusive haber sido la causa de que nuestro más remoto ancestro del continente Africano descendiera del árbol para caminar sobre la tierra, dando origen así a la civilización misma. Basta decir con eso que el aporte del Istmo ha sido y será siempre de gran relevancia al mundo y a la humanidad, aun cuando muchos de nosotros tenemos tendencia a olvidar.

Ese estrecho corredor natural de tierra que unifica dos continentes, contribuyó sin duda también a propiciar la comunicación y el intercambio entre las primeras civilizaciones de América, que disputan su antigüedad con aquellas de Egipto y de Mesapotania, mucho antes de que el europeo pusiera su pie en estas tierras jamás conquistadas. Con grande certeza pudo el Libertador Bolívar medir la relevancia del Istmo cuando lo llamó para honra eterna de la humanidad “puente del mundo y corazón del universo”. Una tierra de diversidad y de intercambio; una tierra de armonía natural entre climas distintos. Una tierra que separa dos grandes océanos por la división artificial de compuertas, en un esfuerzo humano sin precedentes. A pesar de todo, existe en nosotros esa tendencia a olvidar la armonía, la unidad y el propósito mismo que el curso natural de la historia parece haber concedido a nuestra nación. Pasamos por alto la coexistencia pacífica que la naturaleza propicia aquí y que hace de Panamá un punto de encuentro, de unidad y de balance para el mundo y la humanidad. Unimos al mundo de manera natural, pero vivimos socialmente aislados unos de otros, sin una valoración apropiada de nuestra diversidad cultural. Hasta los propios pueblos originarios de nuestra nación viven cobrando distancia de unos y otros; y el resto de la población persiste en negar su origen común y diverso, que se remonta al encuentro del pueblo español y las naciones originarias del continente.

Panamá nace como república en 1903, sin embargo, ya para entonces la sensación de unidad nacional y sentido de patria había estado presente en los pueblos nativos, mucho antes de la colonización misma. Diversos estudios revelan que nuestra tierra ya había estado poblada por miles de años y que al momento en que arriban los españoles, ya existía una población de naciones originarias que podría muy bien haber superado los 400,000 habitantes.

Haciendo fidelidad a esta tarea geográfica que la propia naturaleza le ha dado al nuestra nación, hoy continúa sirviéndole al mundo, y así lo despliega inclusive nuestro propio escudo que enuncia la frase “PRO MUNDI BENEFICIO”. A través de esa arteria mundial que llamamos Canal, pasa desapercibido el progreso del mundo. Ciertamente, a raíz de esas tarifas de tránsito, se reciben beneficios anuales que pudieran ser la envidia de otras naciones, superando a veces los 2.5 billones de dólares; y nuestra economía nos ha llevado en la última década a superar el ingreso per cápita de muchos otros países de esta región. Sin embargo, existe también una cruda realidad que, si bien nos hace unir el comercio y el mundo, nos separa de manera abismal como una nación; y es que Panamá también cataloga muy bajo en el índice de distribución de riquezas. Hoy en día, unos 500,000 ciudadanos sufren el flagelo de la pobreza extrema en nuestro país. Una realidad que se hace común especialmente en sectores indígenas, con marcadores que apuntan a un 94% de pobreza extrema en la Comarca Ngäbe-Buglé, por ejemplo. Índíces que, en proporción, superan con creces aquellos de las naciones empobrecidas de Zambia y Zimbabwe. Y es aquí en este punto en el que podemos venir a entender una contradicción abismal; porque en aquellas naciones el ingreso per cápita anual no supera siquiera los US500.00, en tanto que en nuestro país se acerca a los US14,000. Dónde encontramos, entonces, la fuente misma de esta realidad brutal que vivimos, sino en los pecados propios de nuestra sociedad y en un sistema de educación deficiente, que propicia en nosotros la falta de integración nacional y un marco de pensamiento más propio de una provincia que de una nación.

Abogado 

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