Metro a metro
La llegada de los primeros nueve vagones del Metro estrecha el tiempo de la puesta en acción del moderno sistema de transporte que aliviará el viacrucis de muchos panameños que hoy atraviesan temporalmente los contratiempos del metrobús. “Es un momento memorable, pues, poco a poco se va gestando esta obra que cambiará la vida de miles de panameños y contribuirá con el desarrollo de la ciudad y, por qué no, del país”, declaró Roberto Roy, secretario ejecutivo del Metro, cuya prolija supervisión técnica de las obras permite el desarrollo de las secuencias programadas entre el levantamiento de la infraestructura física y el arribo de la maquinaria fabricada en España.
Desde su concepción, el proyecto se articula como un modelo en el emprendimiento de las grandes obras públicas. La construcción de la vía de cemento y las estaciones y la excavación de los túneles está en un 84%, esto es, la fase final de la parte más compleja del proyecto. Cerca de un millón de sedanes y camiones de carga circulan por la capital y el interior, que provocan congestiones del tránsito sin precedentes. La respuesta más inteligente a las trampas del urbanismo fue la construcción del sistema de transporte elevado y subterráneo que permite la circulación de personas en forma cronometrada, de sus lugares de vivienda a sus destinos.
Solución racional existente en numerosas ciudades del mundo, pero inexistente en Panamá por la indiferente negligencia de administraciones pasadas. Simplemente teníamos que contar con un metro y eso es lo que se ha hecho sin dilaciones. En su primera fase, la obra tiene un avance del 84% y, según los cálculos, la línea 1 debe estar funcionando en febrero de 2014, y contar con 12 estaciones en 13.7 kilómetros.
Panamá ya no es igual. La vieja ciudad de los techos de teja y zinc color arcilla ha sido removida desde sus fundaciones. La capital ha sido puesta patas arriba por las obras del metro: túneles, trincheras, palas mecánicas, retroexcavadoras, toneladas de cemento y vigas de acero por doquier. Había que romper los huevos de la tradición para elaborar la tortilla de la modernidad.
Hemos crecido en forma desordenada, a poca distancia de la anarquía. Ensanchar las calles antiguas es una proeza titánica que requiere una cirugía urbanística dolorosa que demanda hasta el traslado de las personas que habitan casas condenadas a nuevos conjuntos habitacionales. Hemos levantado rascacielos sin coordinación con los entes que suministran servicios básicos.
El metro inaugura un antes y un después de la historia de la capital, a la que se agregará el afinamiento de las dificultades del metrobús. No podemos resignarnos a la nostalgia de los historiadores del Casco Antiguo; tampoco confinarnos en las letanías de quejas y recriminaciones de los enemigos sempiternos del progreso. El metro arrollará a los quejumbrosos y a los escépticos, cuando empiece a funcionar a su plena capacidad; cuando la línea dos siga a la uno; cuando los usuarios no tengan que levantarse en la madrugada y puedan retornar a sus hogares en minutos, entonces se marcará nítidamente la frontera entre el pasado y el futuro, entre los tranques y la movilización sin semáforos ni cierre de calles. Estamos en la puerta de la gran transformación.