Metrobús, ineficiencia y desesperanza
Me bajo del bus diez minutos antes de las seis de la mañana y ya estoy cansado. Han pasado dos horas y media desde que me levanté, me aseé rápidamente, no desayuné (a esa hora) y salí apresurado al encuentro con el bus (la empresa se llama Mi Bus, ¡vaya eufemismo!). Esperé poco más o menos dos horas por un viaje de casi cuarenta y cinco minutos.
Abordé un bus que ya estaba lleno, dispuesto a hacer todo el viaje parado, sin la menor oportunidad de sentarme, por esta vocación de caballero en extinción que me persigue, que me impide sentarme si hay alguna dama de pie. Los caballeros están en extinción porque cada vez hay menos solidaridad entre los pasajeros.
Me ha tocado ver a estudiantes de diversos colegios y a hombres con uniforme del Sistema Nacional de Protección Civil (Sinaproc) y de la Policía sentados en los asientos azules impasibles ante las necesidades de embarazadas, ancianas y discapacitados.
También he escuchado a damas comentando entre ellas que “no había dificultad alguna en subir a un bus lleno porque cualquier estúpido les daría el puesto” o aquella señora que luego de darle mi puesto y pararme a su lado me dijo que me corriera porque le estaba estorbando.
El bus que me toca en suerte tiene un aire acondicionado tan tenaz que comienza a llover por dentro, veo las gotas de agua dirigirse hacia mí y no puedo apartarme. Está tan lleno. Dormito de pie, balanceándome al ritmo del traqueteo de este vehículo que tiene, si acaso, poco más de dos años. Está tan lleno y me pregunto ¿cuántas personas caben en un metro cuadrado? La teoría dice que tres o cuatro, el contrato del metrobús plantea que caben seis.
La realidad indica que caben seis bultos, seis quintales, pero no seis personas que se mueven, que respiran, que tienen egos que se expanden, que, aunque la mayoría no tiene noción del concepto de “espacio personal”, sufren por la invasión de personas a su alrededor.
Y sufren, sufro, porque cuando alguien invade mi “espacio personal” sin mi permiso, aunque obligado por las circunstancias, me produce incomodidad y malestar, solo con su presencia. Esto, aunado a la intolerancia, a la frustración y a la incapacidad de postergar la satisfacción conque suelen andar las personas, se convierte en caldo de cultivo para la violencia, los conflictos y, hasta, para la agresión.
Explicando de esta manera, porque por nada del mundo se justifican, las frecuentes griterías, disputas y peleas entre pasajeros y entre pasajeros y conductores.
De alguna manera, la interacción entre las personas en el metrobús ha cambiado. El hecho de que haya más contacto visual, puesto que las personas ya no están solo espalda contra espalda, sino muchas veces de frente, lado a lado, unas detrás de otras y en otras configuraciones, según la posibilidad del espacio, genera actitudes y angustias diferentes de acuerdo al lugar que ocupe una persona en el bus. Asiento por asiento y lugar a lugar se siente diferente.
Por ejemplo, atrás se viaja tranquilo si no hay estudiantes escandalosos. En los asientos de arriba (al fondo) se tiene vista panorámica de todos los acontecimientos. En los primeros puestos se percibe toda la incomodidad de la gente que sube; si hay pelea con el conductor, la desesperación impera. En los puestos azules uno está pronto al conflicto si no es mujer mayor, embarazada o persona con discapacidad. En el pasillo de adelante, las personas forman un cuello de botella difícil de penetrar, el mejor lugar es el refugio detrás de la puerta posterior.
Equivocadamente se compara el metrobús con los “diablos rojos”, pero estos son cosa del pasado y no volverán, pues tenían unas cuantas virtudes y muchos defectos. Más fructífero sería comparar las promesas hechas por las autoridades y directivos de la compañía de transporte, cuando todo era y los buses serían suficientes, seguros, confiables y limpios; con la caricatura de buses que tenemos hoy, caracterizados por la escasez, ineficiencia, inoperancia, que incluso es un atentado contra la seguridad y la salud mental de los usuarios.
Me bajo del bus diez minutos antes de las seis de la mañana y ya estoy cansado, me queda toda la jornada de trabajo, luego ir a la universidad y de regreso la misma terrible experiencia en el metrobús, pero más tarde, con mayor inseguridad, igualmente lleno y sin ninguna esperanza de que la situación mejore.