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Mi madre Esther


Silvio Guerra Morales (opinion@epasa.com) / PANAMA AMERICA

Tengo una madre ejemplar. Para el día 13 de este mes cumplirá setenta y ocho años. Dios nos ha bendecido con nuestra madre. Moza singular que cautivó los ojos de mi padre, de eso que llaman amor a primera vista, también prontamente recibirá un título de lealtad y de fidelidad, de consagración y dedicación a su esposo e hijos, por casi sesenta y cuatro años.

Mi madre es realmente una mujer admirable. Fíjense que a los veintinueve años de edad ya había parido, sin mengua ni excusas, los once hijos de Don Venero Guerra. Ocho varones, tres mujeres. Hoy cuenta con treinta y cinco nietos, y la cuentas seguiría con los biznietos y algunos tataranietos.

Nunca la vimos enredarse la vida, pese a su relativa juventud, en la crianza de los hijos. Aún recuerdo aquella fila india. Todos bien comportaditos y ella sentada en una piedra de río, mientras nos llamaba, uno por uno, para bañarnos en las aguas cristalinas del río Chiriquí. No sé qué realmente nos sacaba el sucio de nuestros cuerpos, si las hojas de chumico con las que nos zurraba o la callosidad de sus amorosas y santas manos. Mi madre es realmente una mujer ejemplar.

La disciplina de nuestra madre en la casa era rigurosa. Bueno, lo sigue siendo. El que menos edad de los once tiene, circa los 47 años. Sin embargo, callados y reverentes, cuando nos aconseja y nos habla, casi temblamos ante ella, igual que en la infancia. Es la diosa de nuestros días, la que habla, ¡reverencia ante la santa!

Siempre esa señora nos ha dispensado amor y cariño. Esa fue y ha sido nuestra riqueza, esos son nuestros millones. En alguna ocasión escribí un artículo de opinión que titulé “Millonarios en la pobreza”, resaltando los sacos remecidos de honestidad, integridad, puntualidad, responsabilidad, respeto propio y hacia los demás, en fin, que nuestra madre, desde luego, junto a nuestro padre, siempre nos supo inculcar y sembrar como leyes inviolables.

¡Ay! que empecemos una conversación con nuestra madre si primero no se le dice: “Dios la bendiga, mamá”, inmediatamente te dice: “Dios me lo bendiga, primeramente, mi hijo”, con lo cual captas y entiendes que hay una censura y, al mismo tiempo, una orden, a lo que proseguimos diciendo, ipso facto: “Dios la bendiga, mamá”.

Un poeta ha dicho que “Ser madre es ser la luz, el único sostén de los mortales”, pues no hay mortal alguno cuyo amor pueda compararse al de Dios, aproximarse al de Él, como el amor de una madre. Amor infinito, amor puro, amor lleno siempre de cariño.

No había un ocho de diciembre, ni lo habrá, que no sea un día santo para nosotros, pues es el día santo de nuestra madre y de todas las santas madres, aunque a una madre se le devota amor cada segundo de las horas.

Nuestro padre nos enseñó la importancia de ese día tan especial. En nuestra pobreza, guiados por él, siempre encontrábamos la barra de jabón en la tienda o la tacita de tomar café con su platito, que envueltas en un colorido papel de regalo, entregábamos a nuestra madre y presentándonos ante ella, llenos de entusiasmo y de amor, le decíamos: “¡Feliz Día de las Madres, mamá!”.

Gracias Dios por mi madre. Madrecita santa, madrecita buena. Un beso deposito en tus sienes marchitas, señal de que en tus años hay huellas que hablan de amor y de sabiduría sin límites. Beso tus manos, madre mía, postrado ante ti exalto tus virtudes, reverencio tu nombre, canto a tu imagen de diosa gallarda pues tú eres madre todo para mí. No en vano tu segundo nombre es María, madre sufrida, madre de amor, madre aún más allá del final, madre por siempre, madre por la eternidad. Madre sin demoras, madre sin excusas, siempre a la entrega del amor que solo Dios nos sabe dispensar.

¡Que cante y baile mi madre, que rían todas las madres buenas! Que se deleiten en sus días todas las reinas, sobre todo mi madre, la ‘Señora Majestad’!

Abogado.

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Lunes 17 de agosto de 2026