Mi Panamá de ayer
Gracias le doy a Dios por haberme permitido nacer en el casco viejo de la ciudad en una época como la de entonces. Muchas familias dejaban sus zaguanes abiertos en horas de la noche sin temor ni peligro. En el mercado, una libra de camarones costaba quince centavos. En cualquier almacén de hindú se podía comprar un pijama de seda con el bordado de un dragón en el bolsillo por un balboa. Ser millonario en aquellos días era escaso.
Había pobreza pero no miseria. Nunca supe de niño alguno que muriera de hambre. Los pordioseros escaseaban.
En nuestro interior en los años veinte se podía adquirir una gallina con sesenta centavos. Las camisas Arrow en los años treinta eran entonces un lujo. Costaban dos balboas y cuando encarecieron, B/. 2.25.
El transporte en un tranvía, que los eran muy confortables, costaba cinco centavos. Un paseo desde la terminal frente al Palacio de Gobierno hasta las Sabanas costaba, ida y vuelta, diez centavos y duraba una hora exactamente.
Fue muy usado por parejas de novios, y, esclavo de sus rieles, los padres de las niñas no tenían por qué temer un desvío hacia parajes lejanos, oscuros y solitarios.
Posteriormente en los años treinta, donde está actualmente el Hotel Continental, había una colina cubierta de hierba. Se vendía allí el terreno a diez centavos el metro cuadrado y permanecía sin comprador.
En 1929 estuve en un verano en el Valle de Antón que tenía casi todo un solo propietario y vendía terrenos a centavo el metro cuadrado.
