Mi tía María
Habiendo nacido y vivido en Colón no fue sino hasta aproximadamente mis 10 años cuando mis padres nos llevaron a David a conocer a nuestros familiares. Fue, recuerdo, en la época en que buena parte de la carretera era un camino rocoso, cuando en pleno verano se transitaba con las ventanas del automóvil cerradas para mitigar los efectos del polvo que se levantaba. Al final del camino llegamos a la casa materna de mi padre, Juan Antonio Jované Araúz, donde nos esperaba la tía María, quien lo había cuidado cuando este, a temprana edad, quedó huérfano de padre y madre. La señorita María Araúz de Obaldía, mi tía María, era una mujer excepcional, llena de afecto y ternura, siempre con una sonrisa que reflejaba una paz y profunda alegría interna. La recuerdo claramente en el amplio patio rústico trasero de la casa batiendo en su olla el exquisito manjar blanco que solo ella sabía preparar, poniendo la mesa para el almuerzo y rezando puntual y devotamente el rosario todas las noches.
La niña María nunca se casó. Cualquiera podría pensar, equivocadamente por cierto, que simplemente se quedó para vestir santos. De hecho, para la Semana Santa a la casa de los Araúz de Obaldía traían una santa de un pueblo vecino para que las tías le cambiaran la ropa, a fin de que participara en la procesión como la María Magdalena, la discípula de Jesús, a quien la visión patriarcal siempre ha intentado minimizar, incluso con el uso de la calumnia.
La tía María fue una mujer que, sostenida en su profunda fe cristiana, siempre mostró un apego total a sus principios. Ella estuvo comprometida en matrimonio con un general del ejército colombiano de apellido Restrepo que, como lo señala el profesor Mario José Molina Castillo en su más reciente libro, fue parte del Consejo de Guerra que condenó a muerte al general Victoriano Lorenzo. La tía le había advertido que no se casaría con él si el encausado era condenado a muerte, ya que no podía convivir con un asesino. Victoriano Lorenzo fue fusilado, y la niña María cumplió con su palabra. Esto debe haber ocurrido muy cerca del matrimonio, ya que recuerdo la vieja cafetera de plata que se usaba en la casa, la cual tenía grabadas las letras iniciales de los nombres del general Restrepo y la tía María.
No solo fue una mujer que supo defender sus principios. También tuvo, en medio de una sociedad patriarcal muy cerrada, la fuerza de comprometerse con la acción solidaria en momentos difíciles. Fue así que, como lo consigna el profesor Molina Castillo, la tía María se alistó como voluntaria de la Cruz Roja durante la guerra de Coto. Alguna vez con su suave tono de voz me contó cómo pusieron flores en las tumbas de algunos soldados costarricenses muertos en combate. La niña María, mujer culta que gustaba de conversar de su viaje a Nueva York, se adelantó a su época y nos dejó un ejemplo para hoy. Hasta el cielo: Feliz Día de la Mujer, querida tía.
Economista