Miente, miente…
La campaña sistemática de mentiras e infundios del diario La Prensa contra el presidente de la República, Ricardo Martinelli, volvió a quedar en harapos ante el rotundo desmentido proferido por el Gobierno de Italia. El reporte oficial del itinerario de reuniones del jefe de Estado en Roma no registra ninguna reunión con Walter Lavitola, tal como ha destacado con titulares reñidos con la verdad el diario con el propósito inequívoco de relacionar a Martinelli con el imputado italiano bajo arresto domiciliario.
Una nota verbal de la Embajada de Italia, dirigida al Ministerio de Relaciones Exteriores, puntualiza por vía oficial las actividades del presidente Martinelli en dicho país, al que acudió para recibir un galardón de la FAO, a mediados de junio de este año. Para cualquier medio de comunicación que se respete, resulta sumamente vergonzoso padecer un desmentido internacional. Sin embargo, La Prensa no tiene el pudor elemental de reconocer sus errores informativos y publicar el desmentido con las mismas características tipográficas. Lejos de ello, maniobra sinuosamente para enredar el desmentido italiano y prosigue informando sin propósito de enmienda.
Sucede que el diario se ha convertido en una fábrica de mentiras porque su propósito es agraviar a cualquier precio la reputación del presidente de la República, cumpliendo directivas perversas del cerebro maquiavélico que las inspira. Aunque tiene centenares de accionistas teóricos, la línea política la dirige e instrumenta una sola persona a la que el fisco le ha acotado millones por una corrupta evasión tributaria. Miente, miente, que algo queda es la estrategia informativa del contradictorio discípulo del nazi Goebbels, en la ejecución de sus campañas de desprestigio gubernamental. Abrumado por el caudal de las obras públicas, se vale de argucias para usar verbos condicionales para señalar falsos sobreprecios, favoritismos, sin presentar una prueba de sus afirmaciones. Minimiza la inauguración de obras públicas; infla conflictos; despotrica contra funcionarios, y se convierte en tribunal que denuncia y sanciona calamidades imaginarias.
Ejecutando esta estrategia de distorsiones políticas se ha convertido en el desaguadero de un conocido combito de opositores de profesión, instituciones manipuladas desde la 12 de Octubre, varilleros verbales que todos los días vociferan que ya llega el lobo por diarios y televisión. Son tan monótonos, tan demagógicos, tan cansones en sus consignas, que nadie les cree. La mayor parte son candidatos fracasados; oportunistas a la pesca de popularidad en río revuelto; ecologistas de oficina, defensores de los derechos humanos que violan con ensañamiento el derecho del pueblo a conocer la realidad.
El pueblo los conoce y no les hace caso a sus promociones televisivas. La democracia demanda opositores de jerarquía; repudia a los que recurren a injurias y calumnias. El Código Penal tipifica los delitos contra el honor en las figuras de calumnia e injuria. Sin embargo, el gobierno reacciona con tolerancia ante los actos delictivos en el entendimiento de que el que ofende la dignidad de las personas con premeditación política se autodenigra moralmente, como en el caso que nos ocupa. El pueblo conoce la fábrica de mentiras y sus operadores consuetudinarios, sin tutores de ninguna clase aplica su capacidad de raciocinio y sabe quién miente, injuria y calumnia.