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Militarismo: Triste para recordar


Son muchas las ocasiones en que recuerdo, sin querer, los trágicos años de la dictadura militar, los que viví desde un principio y tengo escrito en mis libros con descripciones que parecieran de actualidad. Es que prefiero recordar para no permitir, hasta donde pueda, que se repitan esos tiempos aciagos, que fueron eternos y parecieron no terminar jamás. No detallaré lo de entonces porque me referiré solo a lo negativo que nos dejaron esas experiencias y que han arraigado en el corazón de los panameños para no irse más nunca.

Cuando hablé en la televisión sobre la división que existe entre los panameños, no la existía antes del golpe. Pero para congraciarse con aquellos que los adversaban, los militares de entonces crearon esa división de clases y pusieron a los trabajadores contra los empresarios, los educadores contra los padres de familia, los pobres contra los ricos y así lograron apoyo de las clases sociales pobres para eternizarse en el poder. Lamentablemente, esa división ha persistido y ningún gobernante ha logrado crear una relación pacífica entre todos para decir que vivimos en un paraíso. La dictadura trató de ganarse a las clases sociales bajas y creó el paternalismo y el populismo tan perjudiciales para el país.

Como ella fue creada por los Estados Unidos, pero luego quisieron irse en su contra, fueron a refugiarse en los brazos de Fidel y socializaron este Panamá hermoso que habíamos vivido antes. El gobierno tenía que dar todo al pueblo y así fueron acostumbrándose a recibir todo gratuitamente a cambio de un silencio cómplice hacia la dictadura. Le quitaron las empresas a sus antiguos dueños para repartirlas entre los trabajadores y decían: “empresa cerrada, empresa quitada”. Hicieron creer a los pobres que ellos tenían todos los derechos sobre los ricos y así hemos continuado. Acabaron con la buena educación que teníamos para que la gente no aprendiera y no se les opusiera, acabando con la cultura que hoy nos hace tanta falta en las calles, en las escuelas, en los hogares. Se perdió el respeto, la buena voluntad, haciendo que hoy todo se haga con un interés particular y no por colaborar con otros sin pedir dádivas. La gente no hace más que pedir en vez de trabajar y lograr beneficios a través del trabajo, lo que ha desarrollado la vagancia. Hay quienes prefieren vivir pidiendo que trabajando.

El juega vivo se ha entronizado, producto también de la dictadura. Hoy creemos que ser más vivo que los demás es sinónimo de méritos. Lo vemos en las calles cuando todos quieren pasar sin hacer cola, y en todo. Es una lástima esta herencia que hoy la recordé con la llegada de Noriega.

Médico.