Modalidad de sociedad y valores
Dada su naturaleza social, el hombre nunca puede actuar totalmente solo. Siempre lo hace dentro de un grupo humano, aunque sea muy reducido. Para subsistir, debe adaptarse irremediablemente a la comunidad grupal de que forma parte. Pero, además de los seres que lo rodean y que son personas como él, desde el instante de nacer ya encuentra ciertas estructuras, ciertos productos específicamente sociales, que fueron elaborados anteriormente por la vida en común.
Estos hechos sociales, llamados productos del espíritu o productos culturales, son la lengua, la religión que etimológicamente significa lo que “liga”, lo que “une”, los mitos, las costumbres, el derecho, el Estado, el arte, la ciencia, la técnica, etcétera. Estos productos, que Hegel llama “el espíritu objetivo”, tienen, en efecto, un carácter objetivo permanente y son independientes de la conciencia individual. Se desarrollan en el curso de la historia de la humanidad y constituyen los vínculos que mantienen unidos a los individuos del grupo entre sí y al grupo en su totalidad.
En general, estos productos sociales consisten en modos de obrar, de pensar, y de sentir exteriores al individuo, y se imponen en él con una especie de fuerza coercitiva. Así, por ejemplo, no podemos sustraernos a la acción compulsiva del idioma si queremos comunicarnos con los demás. Tampoco podemos sustraernos a las costumbres ni las leyes que rigen al grupo social y que son su producto espiritual. Se trata, por consiguiente, de maneras de obrar, de sentir y de pensar extraindividuales o supraindividuales. Estos productos del espíritu constituyen, como dejamos dicho anteriormente, los lazos y los vínculos que mantienen la unidad social.
EL MUNDO DE LOS SENTIDOS, DEL SIGNIFICADO Y EL VALOR DE LAS COSAS SE HA INDEPENDIZADO DE UNOS FUNDAMENTOS UNIVERSALES Y ABSTRACTOS Y SON CRECIENTEMENTE CONSTRUIDOS POR EL SUJETO.
La herencia colonial y belicosa de Panamá y de otros países latinoamericanos generó, al mismo tiempo, fuerzas individualistas y solidarias. La influencia de la Iglesia católica inclinó la balanza hacia estas últimas y marcó fuertemente la sociabilidad panameña. La cultura laica que se impuso en Panamá a partir de los años 40 del siglo pasado, reemplazó esas formas de asociatividad por otras. Cada vez se hace más irrefutable que se están eclipsando los valores de la modernidad madura con su fe en la capacidad de grandes proyectos o modelos racionales, administrado por el Estado, para estructurar la sociedad, y en la de un conjunto de instituciones homogéneas y estables para encuadrar la vida de las personas desde la cuna hasta la tumba.
En Panamá, la pérdida de la capacidad de control de la fe católica y de las ideologías laicas se mezcla con aquellas externas para crear un clima de incertidumbre y confusión de valoración. Los llamados temas de valor que preocupan a la gente (familia, drogas, sexualidad, contaminación, vertederos, violencia y las condiciones de vida en las ciudades) tienen dificultades para ingresar en la agenda pública. Parte de la crisis que experimenta la política tradicional se debe a su incapacidad para dar cuenta de estos temas. La explicación más profunda de la confusión reinante en este campo radica en que los distintos sectores de nuestra sociedad continúan discutiendo en torno a la naturaleza y el valor de las cosas o de las situaciones.
Lo que ha cambiado son los fundamentos mismos de la ética o de los valores, tal como fueron concebidos en la tradición clásica, medieval y moderna.
Hoy día se percibe que el mundo de los sentidos, del significado y el valor de las cosas y los comportamientos se ha independizado de unos fundamentos universales y abstractos, y son crecientemente construidos por el sujeto.
Desde el punto de vista de la sociedad panameña y de sus procesos de desarrollo, la cuestión consiste en cómo construir formas y márgenes de sociabilidad en las nuevas condiciones. Así, parecería necesario que: “Frente al particularismo cultural habría que responder con el reconocimiento y respeto a la diversidad; frente a la competitividad económica habría que fortalecer las relaciones de confianza; frente a la rigidez de las instituciones y los valores de la modernidad madura hay que cultivar la flexibilidad, y frente al hedonismo de la vida moderna, particularmente en una cultura de identidades y valores constituidos, hay que asumir la responsabilidad”.