Modelo agropecuario, empleo y crisis climática
Entre los desaciertos del llamado “Plan Estratégico Nacional 2010 – 2014” se destaca, entre otros, la decisión de alejarse del concepto de seguridad y soberanía alimentaria y optar por la completa adhesión al modelo agropecuario industrialista, dominado por los grandes “Agribusiness”, que está guiado hacia el comercio exterior. Esta forma de organizar la producción del agro tiene, como lo demuestra la experiencia internacional, notables consecuencias económicas, sociales y ambientales.
Desde el punto de vista del empleo se trata de una forma de producción tan densa en mecanización y en insumos industriales que precisa de una dotación de capital que supera las posibilidades de inversión no solo de los microproductores, sino que también de los pequeños y medianos productores, los cuales resultan desposeídos de la tierra y expulsados del sector. De acuerdo a Samir Amin de implantarse este modelo a escala mundial el número de desplazados del campo sería tan grande que se necesitaría de un crecimiento industrial continuo del 7% durante 50 años para poder generar un número de empleo equivalente a un tercio de los mismos. En relación al medio ambiente estamos frente a un modelo que por su extrema dependencia de los medios mecánicos, así como de los insumos vinculados con los combustibles fósiles, tanto para la producción como para la conservación y el transporte de larga distancia, resulta contradictorio con los requisitos de la sostenibilidad. Gracias a esta situación la agricultura ha pasado a ser la responsable del 30% del total de las emisiones de gases invernaderos. Se trata, además, de un modo de producción y distribución que, por su carácter intensivo, agota la vitalidad de la tierra, destruye la biodiversidad, a la vez que presenta una grave irracionalidad en el uso de los alimentos, llevando, de acuerdo a los cálculos de GRAIN, a descartar la mitad de la comida que se mueve entre la producción y los establecimientos comerciales. Frente a esta situación aparece una estrategia alternativa, promovida por los movimientos progresistas del campo, tales como la Vía Campesina, la cual se basa en una producción de alimentos, soportada en un conjunto racional de medidas que pueden ser resumidas de la siguiente manera: utilización de prácticas agroecológicas que reviertan la materia orgánica a los suelos; descentralización de la ganadería y su reintegración con las actividades agrícolas; la producción y distribución de alimentos para los mercados locales, eliminando la dependencia de las transnacionales; utilizar formas y técnicas de producción más densas en fuerza de trabajo, basadas en los métodos orgánicos y ahorradores de energía; detener el desmonte de tierras y la deforestación. Esta vuelta a los conceptos de seguridad y soberanía alimentaria, de acuerdo a los cálculos de GRAIN, podría significar una reducción de entre 50% y 74% de las emisiones de gases invernadero provenientes de la actividad agropecuaria. Se trata, entonces, de avanzar hacia una forma de agricultura que respete el derecho al trabajo, la alimentación y a gozar de un ambiente sano, tanto de la presente como de las futuras generaciones.
