Mojar o no mojar; esa es la cuestión
"Nunca sabemos el valor del agua hasta que el pozo se seca" es una inmortal frase que se disputan los célebres pensadores Benjamin Franklin y Thomas Fuller. Su equivalencia en castellano corresponde a "Nadie sabe lo que tiene hasta que lo pierde". En el caso de Azuero, no se requiere de mucha perspicacia interpretativa para comprender esta metáfora, pues los pozos al igual que el resto de las fuentes de agua literalmente se están secando. Lo que no queda muy claro es si, a raíz de esta carestía, se le está dando al agua el valor que se merece.
El Arco Seco vuelve a ser el centro de uno de los mayores despilfarros del vital líquido, al punto que hasta parece que el dios Momo algún milagro habrá de tener bajo la manga para compensar todo el daño que sus seguidores ocasionarán movidos por la inconsciencia y la irresponsabilidad. Pero bien, al fin y el cabo, es solo agua, algo que los panameños estamos acostumbrados a desperdiciar. Los tomadores de decisiones, por su parte, se muestran indiferentes ante la situación, pues, como ellos dicen, se usará el agua que de todas formas iría a parar al océano Pacífico.
Sin embargo, no es esa agua la que debe preocuparnos, sino la de los previamente aludidos pozos en peligro de agotamiento producto de una sequía de casi 3 años, la pérdida de la permeabilidad del suelo causada por la deforestación y, sobre todo, la inminente sobreexplotación de la que serán objeto con la llegada de los carnestoléndicos visitantes cíclicos.
Estos pozos son muchas veces la única fuente de agua que las comunidades poseen y otras tantas ayudan a compensar el deficiente suministro que las potabilizadoras proveen. A cambio de esto, el Carnaval generará millones de dólares, la mayoría de los cuales lamentablemente estarán destinados a enriquecer aún más las arcas de las licoreras y no de la población local como pseudo-filantrópicamente se ha querido hacer ver.
Gran parte de esta misma población se ha mostrado en desacuerdo con la celebración del Carnaval, pero sus voces son opacadas en los medios de comunicación por los intereses de una minoría usurera. Otro hecho interesante es la actitud exageradamente permisiva e inexplicablemente selectiva del Ministerio de Ambiente al permitir la extracción de agua del río La Villa para amenizar los famosos culecos o mojaderas.
Sucede que se emitió una resolución que prohíbe el uso de esta agua para mojar en Los Santos, mas no así en Herrera. Posiblemente, inspirados por el realismo mágico que impera en nuestro país o por el divisionismo beisbolero que existe entre nuestras 2 provincias, se pretenda recrear la proeza de Moisés con el Mar Rojo al dividir longitudinalmente el malogrado río de forma tal que los que culequeen al norte de este puedan disfrutar de una refrescante rociada, mientras que los que lo hagan al sur del mismo tendrán que resignarse a culebrear en seco.
En esta misma línea, llama poderosamente la atención la pasividad del Minsa frente a esta situación. Recordemos que, en el año 2000, la súbita proliferación de un malicioso ratón fue suficiente para suspender los Carnavales. No obstante, en esta ocasión, las cosas parecen ser distintas por alguna razón que no termino de comprender. ¿Será que la escasez que se nos viene encima no amerita la misma atención? Por si no lo sabían, si de salud se trata, el agua potable es un elemento imprescindible.
Hablando de salud, sería interesante saber cuáles fueron los criterios que utilizó el Minsa para dar el visto bueno al uso de esta agua. No es un secreto que el río La Villa presenta considerables niveles de contaminación, especialmente en su cauce más bajo, es decir, precisamente en el punto donde se llenarán los carros cisternas. Bien podría ser que estén cifrando sus esperanzas en que el idilio etílico imperante durante esos 4 días de donaire, lujo, esplendor y mucha alegría sirva para inmunizar a los participantes contra las infecciones cutáneas y ópticas. Pero claro, es sencillamente inconcebible el prescindir de la "refrescante" agua en medio del sofocante sol que azota a los que se apersonan a nuestros deforestados parques convertidos intencional y permanentemente en culecódromos. ¿Será que lo que se vive en Azuero no es una sequía de proporciones históricas, sino más bien el producto de una alucinación colectiva que eventualmente desaparecerá cuando las primeras lluvias de junio, julio o quizás agosto nos borren la memoria y todo vuelva a la "normalidad"?
Coordinador Centro Especializado en Lenguas. Universidad Tecnológica de Panamá. Centro Regional de Azuero.