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Moralidad en las relaciones internacionales


Fiel a sus convicciones, Jimmy Carter intentó dar sustento moral a la política exterior de los Estados Unidos; pero no avanzó mucho. Sus intenciones fueron cortadas por su derrota ante Ronald Reagan. Desde entonces, los Estados Unidos retomaron la práctica de los acomodos para justificar sus relaciones o el patrocinio de dictadores como Hussein, de Irak; Musharraf, de Pakistán; Ben Alí, de Túnez; Mubarack, de Egipto; o Gadafi, de Libia.

Barack Obama, prometió recomponer la imagen internacional de los Estados Unidos, visiblemente maltrecha después de los ocho años del gobierno de George W. Bush. Partió con desventajas evidentes. La condición de único superpoder, de que disfrutaron los Estados Unidos cuando desapareció la Unión Soviética, se ha resquebrajado considerablemente, debido, principalmente, a la monumental crisis de su sistema financiero, cuyas repercusiones se extendieron a todo el mundo, obligando a sus principales y tradicionales aliados, Japón, Alemania, Gran Bretaña y Francia, a tomar medidas, en algunos casos heroicas para evitar el colapso de sus economías.

Las lecciones aprendidas durante la crisis y las acciones para superarla han replanteado un nuevo esquema de distribución del poder económico global. Los europeos, actuando de manera concertada, demandan mayor protagonismo y, en paralelo, la China Popular, con su insaciable demanda determina los precios de las principales materias primas básicas y por su capacidad para “comprar” importantes cantidades de la deuda pública de sus rivales económicos, principalmente de la estadounidense, es el nuevo polo de poder que influirá en el rumbo del mundo en las próximas décadas.

En este nuevo escenario, que ya no es bipolar y en el que un único superpoder es historia, otros actores imponen nuevos protagonismos y nuevos esquemas en la toma de las decisiones globales. Ello explica la aparición de algunas voces que demandan revisar los acuerdos de “Breton Woods”, creadores del Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional o los rumores de crear una “nueva moneda de reserva” para destronar al dólar estadounidense.

En este panorama internacional, las crisis que se viven en Túnez, Egipto, Yemen, Bahrein y Libia o las que ciernen sobre Argelia, Jordania o Marruecos, sus desenlaces pondrán a prueba al presidente norteamericano, y también a los principales líderes mundiales. Ellas han demostrado, dramáticamente, que la actitud complaciente, o ignorar las graves violaciones de los derechos humanos para asegurar buenas relaciones con “los dueños del oro negro”, fue un gravísimo error.

En los repartos que consolidaron los poderes coloniales durante los siglos XIX y la primera parte del XX el control de la economía mundial se basó en el de las materias primas básicas. A partir de la creación del esquema financiero nacido de los acuerdos de Breton Woods, el control de las materias primas básicas y el de las finanzas internacionales han estado íntimamente vinculados, y en ninguna de las dos esferas el factor moral ha sido relevante.

En el caso de Libia, el más dramáticamente presente, factores morales son invocados para justificar el derrocamiento de Gadafi; pero es innegable que antes que estos, pesa más asegurarse el suministro del petróleo que ese país produce. ¿Hasta que punto el factor moral que Obama pretende convertir en sustento de su política internacional, al igual que sus motivaciones y las de sus aliados en la empresa para “liberar” a Libia, son estrictamente humanitarios? Aclararlo, será, sin duda, será una de las lecciones que nos dejarán las crisis que se viven en el mundo árabe.