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'Morir en brazos de El Niño'

Por: Redacción 05/02/2016

Confieso mi nostalgia al ver los reportajes televisivos en los que los campesinos, con esa voz de campo honesta y sencilla, nos hablaban de las penalidades que están sufriendo. No hay agua en Azuero. Y el subsuelo, después de tantas excavaciones, está agónico de sequedad. Mis manos de niño bajaron y subieron esa palanca de un raro aparato para extraer agua siendo estudiante de primaria en Macaracas, que pareciera el distrito más desbastecido.

En mi memoria aún laten los recuerdos de aquellos parajes, desolados desde entonces, de potreros y ganado, de manos campesinas; de quebradas y ríos que ahora mueren en los brazos de "El Niño". En mi niñez con nuestros padres, capullo en mano, dimos candela al potrero para, según los mayores, hacer más eficientes los pastos. La sequía que hoy vive la región de Azuero es la campanada del desastre quizás irreversible que le depara al país entero. No culpemos a nuestros padres, al pobre campesino, ni liberemos la mezquindad de intereses de los poderosos que degradan el medioambiente.

Los problemas ambientales que estamos sufriendo, y que apenas empiezan, resultan de la devolución inevitable de la naturaleza a escala mundial. Estos problemas golpean a los más pobres, pero también a los que más tienen. Lo que vivimos en Azuero no es ajeno a ese problema global que exige especial atención. Urge una política audaz, un tratamiento científico, planificación de estadistas, para afrontar lo que es una realidad deplorable.

Los medios de comunicación presentan escenas de un panorama tétrico en la península. Es grave y como dicen los mismos entrevistados, "el problema apenas empieza. No es fácil la solución, pero no cabe ni un centímetro de indiferencia, sino el esfuerzo esdrújulo con la política de Estado que resguarde el medioambiente de toda la geografía ístmica. Un pequeño espacio terrenal, que testimonia el legado exitoso de la naturaleza, se mantiene erguido en el distrito seco de Macaracas, cercano a la zona de desastre, conocido como el Colmon, donde los árboles, las ardillas, el armadillo, testimonia el museo natural aún conservado, aunque ahora habría que preguntarse si podrá seguir viviendo.

Volvamos la mirada al campo haciendo posible el desarrollo sostenible. Se requiere dinero, obtenerlos de los tantos millones concentrados en las paredes de concreto. Revitalicemos el agro; que vuelvan a vivir las quebradas, que reaparezcan los árboles y la esperanza de vida en las tierras laboriosas, cuna del folclor nacional. Que no se fenezca en los brazos de "El Niño" ni en la felicidad del Carnaval.

Docente universitario

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