Motor para el fomento escolar
Cuando pensamos nuevos paradigmas educativos que incluyan herramientas de aprendizaje para toda la vida dentro de contextos de calidad y equidad, no podemos dejar de debatir el papel que pueden desempeñar las bibliotecas escolares al colaborar con espacios de construcción de conocimiento.
Sabemos que las competencias y actitudes necesarias para este proceso se forjan en los primeros años de vida en el hogar. Las ventanas de oportunidad que no se abren aquí dejan generaciones enteras sin cruzar las brechas de la alfabetización tradicional y digital, con dificultades para construir pensamiento complejo y con su inteligencia emocional, formación de valores y autoestima empobrecidos.
Las bibliotecas escolares nos dan ese espacio de aprendizaje y adquisición de habilidades cognitivas en situaciones "desescolarizadas", emulando las formas de aprender e investigar naturales, despertando la curiosidad y la búsqueda, haciendo crecer y apuntalando el pensamiento crítico y reflexivo que tienen los niños, generando interés en la lectura a través de afianzar destrezas de escritura.
Evaluaciones empíricas nos muestran que contar con una biblioteca escolar es un factor concurrente en la calidad del conocimiento logrado por alumnos y docentes, que colabora en disminuir la tasa de fracasos, potencia una comunidad educativa lectora e irradia instancias de participación y compromiso hacia la sociedad en general. Además, estos espacios inteligentes crean ambientes para poder producir conocimiento colectivo y multidisciplinario, requisito indispensable para integrarse en los ambientes laborales y culturales de la sociedad global y en aquellos entornos donde se gesta la innovación constante.
En Panamá requerimos de políticas de gestión de la información y del conocimiento, integrando competencias y saberes, armonizando y jerarquizando los ejes temáticos académicos y virtuales que intercambien experiencias innovadoras y contenidos, y creando ciudadanos que aporten un capital intelectual común que nos defina como país. No hay duda que la educación nacional atraviesa momentos críticos. Por años las autoridades educativas y los docentes no se han puesto de acuerdo sobre la fórmula para sacar adelante al país y colocarlo por el rumbo del conocimiento. Los resultados están a la vista: un pronunciado retroceso en términos de calidad y un abrupto sentimiento de desesperanza. Y si además vemos la panorámica del conjunto del sistema, encontramos una creciente fragmentación y desigualdad, con alarmantes índices de fracaso escolar en relación con los niveles de pobreza.
Al diluirse la efectividad del Estado, sobre todo su papel integrador y compensador de desigualdades, el sistema de educación está desprovisto de herramientas de contención y de instrumentos que permiten la movilidad social ascendente. El relato histórico que vincula al esfuerzo por acceder a la escuela con la construcción de un futuro mejor, ha perdido vigencia y significado para miles de panameños despojados hasta de la esperanza.
Mientras la pobreza hace estragos, la escuela está resignando su sentido de construcción de futuro y se hace cargo del presente perpetuo, sin perspectiva. La discusión de una mejor educación que recupere la mística de un mejor futuro adquiere sentido cuando exista voluntad por parte del Gobierno, gremios y sociedad en general, en avanzar hacia otro modelo de país, sin exclusión social y con trabajo digno para todos.
Ante la realidad que la educación está en cuidados intensivos, la herramienta estratégica de la biblioteca escolar recupera terreno. El generalizado consenso científico y práctico en torno a esto constituye una ocasión que no se puede dejar pasar. Es el momento para convocar con amplitud desde el Ministerio de Educación, a los demás grupos y gremios del país para asumir la educación como prioridad social de una política de Estado, que en forma consensuada defina objetivos y medidas concretas, cuya gradualidad y sostenimiento se garanticen más allá de la gestión de los funcionarios o de los cambios del mapa electoral.
