Movilidad humana
Ciertamente, cada día son más las personas que viven fuera de su país de origen. Ojalá estos caminantes se muevan de manera segura, ordenada y protegida, a las órdenes de una regulación internacional que les ampare.
Desafortunadamente, los conflictos continúan vivos y las tragedias migratorias nos dejan sin palabras. Con la adopción de la Agenda 2030, hay un signo de esperanza, un soplo de vida, pues los líderes mundiales se comprometieron a proteger los derechos de los trabajadores migrantes, combatir el crimen transnacional y las redes de tráfico humano.
Las condiciones degradantes en las que muchos migrantes o refugiados tienen que vivir son intolerables. También cuesta entender las restricciones fronterizas a solicitantes de asilo. Tenemos que estar preparados, y sobre todo dispuestos, para acoger esta movilidad humana.
Precisamente, la Organización Internacional para las Migraciones (OIM) nos sorprende con unos recientes datos, verdaderamente preocupantes: "Casi 19,000 refugiados han llegado a Europa por mar en los primeros días del nuevo año, en un promedio de 1,700 al día". Sin duda, hemos de pensar que podríamos ser cualquiera de nosotros y que las aspiraciones de cualquier especie humana pasan por mejorar su propia existencia.
Por otra parte, casi sesenta millones de personas se han visto obligadas a huir de sus hogares en todo el mundo, el equivalente a casi la mitad de la población de Japón, y nos consta que veinte millones de estas personas son refugiados.
Emigrantes y refugiados no son almas raras que caminan sin rumbo, lo hacen en la mayoría de las veces con un deseo legítimo de ponerse a salvo, de ser algo más, puesto que suelen huir de situaciones de miseria o de persecución en busca de mejores posibilidades de subsistencia.
Por consiguiente, estamos llamados a cambiar nuestras actitudes desinteresadas, favoreciendo este cambio de comportamiento hacia la movilidad humana, con talantes más justos y fraternos. Precisamente, el instante mágico es el momento en que un sí o un no llega a trascendernos, puesto que puede cambiar toda nuestra presencia de peregrinos. Al fin y al cabo, para todos ha de existir ese abrazo en el camino, esa sonrisa, ese aliento en el que todo se vuelva amor desinteresado, el que tanto escasea en este orbe de caminos. Nos lo merecemos, el amor auténtico, pero en su humanidad al completo. Es el mejor pan que podemos darnos los unos a los otros, y los otros a los unos.
Escritor