Movilidad social e igualdad de oportunidades
El ideal de una sociedad meritocrática es loable; implica el premio al esfuerzo y talento personal por sobre la condición social o la condición económica. Es el triunfo de la persona por encima de cualquier condición basal, pero ¿es Panamá acaso un país meritocrático? La actual distribución del ingreso en Panamá está considerada como una de las más desiguales del mundo. Unas pocas familias son beneficiadas con el 80% de la riqueza nacional, mientras que el 80% de la población tiene que conformarse con el 20%.
HA LLEGADO LA HORA DE QUE EL EMPRENDIMIENTO, LA INCLUSIÓN Y EL MÉRITO DE LAS PERSONAS SE CONVIERTAN EN EL MOTOR DE SURGIMIENTO PERSONAL, MÁS ALLÁ DE OTRAS CONSIDERACIONES.
Los puestos de trabajo están condicionados a la importancia que aún se da a la condición social, económica o política del individuo. Por estas razones y por muchas otras, está claro que Panamá está en deuda con sus habitantes en la oportunidad de generar una verdadera movilidad social.
Los sociólogos sostienen que la única forma de garantizar la movilidad social es mediante la igualdad de oportunidades, es decir, que al inicio de la carrera, todos partan del mismo punto. Esto significa, en primer lugar, poder satisfacer las necesidades básicas como alimentación, salud y educación de modo igualitario, pero también, políticas sociales impulsadas por el Gobierno como también por los grupos sociales más acomodados en pos de construir una sociedad más justa.
Las escuelas, en todos sus niveles de enseñanza, especialmente las universidades, tienen un papel importante que cumplir en esta era en que el conocimiento y su utilización son claves y las universidades serias y acreditadas hacen los mayores esfuerzos por entregar una formación de excelencia a sus alumnos. ¡Y aquí abrimos un paréntesis!
En cuanto a la Universidad, su misión está en la esencia misma de la Universidad, según ya ha tenido ocasión de afirmar en diferentes lugares de constituirse en reconstructora del saber en sus diversos aspectos. No desempeña bien su papel, sino que los restringe y disminuye al convertirse en mera repetidora, a través de su organización docente, de cuanto la ciencia o la filosofía tienen ya establecido o difundido.
Cabe llevar a la juventud que frecuenta sus aulas las conquistas que el hombre ha logrado acumular a lo largo de los siglos, sistematizadas como están en las vastas y fecundas construcciones de la ciencia, en las páginas innumerables de los tratados que registran la marcha progresiva del pensamiento, que no cesa en su andar evolutivo y con cada gran pensador plantea nuevamente con ritmo renovado la difusión de los grandes problemas, les buscan asideros no conocidos, y ensayan puntos de vista que abren perspectivas antes no vislumbradas.
Está bien que la Universidad se constituya en transmisora del saber. Más ha de intentar ella misma trabar conocimiento con las posiciones críticas a través de las cuales se renueva y fructifica. Y no solo han de procurarlo sus catedráticos más eminentes, sino que también hay que descubrir en las mentes jóvenes aptas para el ejercicio intelectual elevado, el fermento que las lleve a indagar ellas, a su vez, con la formación de que dispongan, en esos campos siempre fecundos. Debe procurarse oportunidades para que los estudiantes aprendan a investigar.
Pero lamentablemente es sabido por todos que el alumno promedio es incapaz de comprender lo que lee, por lo cual la diferencia y la brecha se genera ya en la educación preescolar. Se han intentado una serie de medidas paliativas que -consideramos- no poseen mayor relevancia porque no atacan el fondo del problema. La solicitud de currículo sin foto, lo mismo que las prohibiciones de cualquier tipo de discriminación son medidas más efectistas que en verdad efectivas, toda vez que en la práctica se han mostrado poco eficaces y de difícil fiscalización.
Ha llegado la hora de que el emprendimiento, la inclusión y el mérito de las personas se conviertan en el motor de surgimiento personal, más allá de otras consideraciones ya añejas en un mundo que comienza a ser ajeno a las viejas jerarquías aristocráticas o económicas.
Meritocracia y, por ende, equidad es la gran tarea pendiente de Panamá en su proceso de modernización. Algo más todavía: la meritocracia viene del latín mero, que significa merecer u obtener.