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Muchos abogados, pocos juristas

Por: Redacción 26/09/2014

Más de seiscientos abogados en nueve meses han egresado de las aulas universitarias. El señor presidente del Colegio Nacional de Abogados, licenciado José Antonio Álvarez, ha hecho públicas sus apreciaciones respecto a esta situación. Durante años ha venido planteando la necesidad de que nuestro gremio se profesionalice cada día más. Cree firmemente en la academia y en la excelencia profesional. Se ha esmerado por presentar propuestas legislativas que hagan coherente el discurso jurídico pretendiendo profesionales doctos y probos.

Sin embargo, hasta el momento nada ha sucedido aunque se auguran cambios. Ojalá ¡así sea! El examen de barras aún queda en una panacea; las facultades de derecho mandan bolsones de titulados en Derecho como quien muele a granel maíz; la enseñanza del Derecho, cada día, va perdiendo aún más consistencia y los muchachos, no todos, solo piensan en adquirir un título de abogado que les dé realce, importancia, solvencia económica, buen vivir, etc.

Las facultades de derecho mandan bolsones de titulados en Derecho como quien muele a granel maíz.

¿El costo? Nada tiene que ver con sacrificios y años de entrega y dedicación al aprendizaje y enseñanza del Derecho. Panfletarios y estudiantes de fotocopias beben, sin método ni academia, párrafos de lo que otrora significaba leerse todo un libro o tomos de un determinado autor. Se han ausentado de las aulas los maestros, solo quedan los que, desde lejos, creen que existió un Carnelutti –Procesal Civil-, o un Redenti –Penal- o cuando mucho un Puig Brutau en lo civil. Pare de contar.

Se olvidaron las corrientes doctrinarias del pensamiento jurídico y las teorías. El argumento: se sostuvo que mucha teoría y poca práctica. Fue así como la práctica del Derecho vino a sustituir a la academia y olvidaron que sin academia no hay buena práctica del Derecho, dado que quien no conoce los dogmas y los conceptos, pilares de una determinada materia del Derecho, mal puede aplicar aquello que no sabe ni conoce.

Ya nadie, al parecer, sabe quien fue Kelsen, Guasp, Chiovenda, Calamandrei, y abandonando a los maestros de ayer, esos mismos que sentaron las bases para construir una dogmática, epistemología y Ciencia del Derecho, solo se satisfacen con citar artículos de una determinada ley o código. Y cuando no, muy mal citados. Olvidan que el Derecho es plenitud hermética, al decir de García Máynez.

De argumentación jurídica no hay nada, o casi ya no queda nada. Mal puede argumentar quien desconoce los métodos del Derecho. Eso nos explica el porqué se han soslayado los argumentos históricos para sustituirlos por una perversa citación o referencia a la actualidad que poco o nada enseña; y, por qué no decirlo, el argumento a fortiori ha sido desplazado por la conjetura, la suposición o la subjetividad que es enemiga del objetivismo del Derecho, sacrificándose todo vestigio de la fortaleza de la razón. Los argumentos deductivos, inductivos, crítico-dialéctico, etc., han sido sustituidos por la indisposición o el mal decir y hasta la oratoria forense es vista como cosa de raros o de paranoicos cuando, otrora, era la luz resplandeciente en el foro, el verbo impetuoso y enérgico con el cual se edificaban defensas célebres o destruían palacios de mentiras, ya sea en los tribunales o ante los jurados.

Se ha perdido el respeto. Muchachos recién graduados que, antes, cuando encontraban en los pasillos o en las calles a un abogado de experiencia o de buen fuste, reverentemente, inclinábanse para saludar y, hoy, desafían a esos abogados y hasta los llaman, sacrílegamente, “colegas”, con lo cual indican o expresan estar al mismo nivel o grado.

Han perdido el respeto a los jueces. Ante la inopia de la ignorancia y la vanidad de los soberbios, gritan a los jueces, irrespetan a los magistrados y hasta los insultan creyendo que mientras más gritan y ofenden mayor será el efecto en la razón del Derecho y en su beneficio.

El buen abogado nunca duda que nada sabe y mientras más duda de su saber más aprende porque ha entrado en los carriles de quien, en esa competencia, busca incesante la sabiduría que solo saben dar los libros que se abren para quien, con ansias de mucha hambre y sed, busca en ellos la fuente de todo conocimiento.

Conclusión: las facultades de Derecho deben llevar a sus aulas a los maestros. Hay que buscar a los maestros, rebuscarlos. Que retornen los maestros. Y los que aún quedan en esos claustros universitarios, conservarlos, apreciarlos, como quien cuida joyas que reposan en el refulgente cofre del saber.

Solo se llega a saber leyendo mucho, estudiando mucho, dedicando horas de sueño al estudio. Sin cesar, sin parar. Nunca dejar de estudiar, así aún cuando las canas anuncien la avanzada edad, el buen jurista sabe que nunca ha llegado a saber tanto como para desistir del estudio constante.

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Jueves 6 de agosto de 2026