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Murió Don Edmundo Vidal


El l4 de octubre pasado, en el funeral del buen amigo Edmundo Vidal, dije las siguientes palabras:

Ayer al amanecer murió Mundo Vidal. Y aunque la noticia fue dolorosa, no nos sorprendió, porque el amigo luchaba heroicamente por la vida desde hace más de diez años. Es la historia de un cuerpo enfermo que no quería morir. Su espíritu conversador, chistoso y optimista, no aceptaba la derrota. Como decía Hemingway: “El hombre no ha nacido para la derrota, puede ser destruido, pero jamás derrotado”.

Yo lo llamaba bromeando: “El inmortal Mundo Vidal”. Desde que lo conocí, y de eso hace muchos, muchísimos años, siempre lo vi con la risa a flor de labios. Amigo de sus amigos; mejor dicho, hermano de sus amigos. Tal vez no ha nacido nunca en Chiriquí un hombre más popular que él. Una vez dije por radio que yo tenía muchos amigos; quizás el que más amigos tenía. Y en seguida el teléfono. Era Mundo: “Hey, Juan, qué pasó, y yo?”. Claro que sí, Mundo, tú eres el que más amigos tienes, le contesté.

Mundo Vidal era muy querido. Lucho Henríquez, en su saludo radial de todos los días, decía: “Buenos días Mundo, y todo el mundo”, indudablemente haciendo alusión a él, que nos escuchaba con asiduidad fraternal.

El sabio Albert Einstein dijo: “Cada uno de nosotros sólo se halla aquí para cumplir una breve visita”. Ya mundo cumplió la suya.

El Cuervo, en el famoso poema de Edgard Allan Poe, repetía y repetía: “Nunca más. Nunca más”.

Adiós, querido amigo.

La brevedad

He repetido en muchas ocasiones, que tengo una gran admiración por los escritores y periodistas que dicen lo que tienen que decir en el menor número de palabras. Los escritores que divagan, farragosos, que se pierden en detalles, sencillamente, no los leo. Nunca he olvidado el consejo del clásico español Baltasar Gracián: “Lo bueno, si breve, dos veces bueno; y lo malo, si poco, no tan malo”. Y lo que decía el humorista Enrique Jardiel Poncela: “Los que hablan más, son los que menos tienen que decir”.

El discurso de Lincoln en Gettysburg, al final de la guerra civil estadounidense, demoró un poco más de dos minutos; y es considerado el más grande monumento a la democracia que se ha escrito.

Humildemente he seguido el consejo de Gracián, sobre todo en la segunda parte, donde dice: “Y lo malo, si poco, no tan malo”. Cuando hablé en las exequias de Ramón Guerra, lo hice en dos minutos y 17 segundos (según el amigo Jaime Grayson que tomó el tiempo). Y en el de Mundo Vidal, que está al principio, dos minutos solamente. Sí, “… y lo malo, si poco, no tan malo”. Creo que sigue siendo un buen consejo.