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Narcotráfico y chauvinismos trasnochados


La demanda genera la producción. Un ejemplo patente, y dramáticamente trágico por sus terribles consecuencias, es el del narcotráfico. Los grandes productores de drogas como la cocaína y la heroína no son los grandes consumidores; lo son los países más ricos y, en primerísimo lugar, por su mayor poder adquisitivo, los Estados Unidos.

En el lucrativo negocio del narcotráfico los países involucrados tienen diferentes protagonismos: unos son productores y exportadores, otros consumidores y otros, Panamá entre ellos, lugares de tránsito. Por consiguiente, también son diferentes los grados, por así llamarlos, de responsabilidad y, en consecuencia, las obligaciones que se deben asumir para combatirlo.

Desconozco cuál sea, actualmente, la proporción en que se reparte “la ganancia” que produce el tráfico de drogas, pero, con seguridad, la mayor parte, y muy de lejos, la acaparan “los importadores y vendedores al detal” en los países consumidores. Cada kilo de droga que sale de los países productores multiplica muchas veces su valor cuando se vende en los países que son sus principales destinos finales. Si son abismales las sumas que obtienen los productores y exportadores, entonces, de seguro, las “ganancias” de los que “importan las drogas” y las “mercadean” nos dejarían estupefactos.

Tradicionalmente, el diseño de las políticas, las acciones y los recursos destinados a combatir la producción y el tráfico de estupefacientes han sido concebidos y dirigidos a los productores y exportadores y, más recientemente, hacia los países utilizados como puentes para el trasiego de las drogas. Pero de los “países puentes” se espera, injustamente, que hagamos esfuerzos e inversiones que están muy por encima de nuestras capacidades. Y si no lo hacemos corremos el riesgo de ser considerados como “cómplices”, cuando en realidad somos víctimas.

En la administración Bush, los Estados Unidos aportaron, comparativamente, enormes ayudas a Colombia; pero a la par, de manera inconsecuente, prestaron poca ayuda a los países cuyos territorios son utilizados como “puntos de paso”. Comprobación de lo anterior es que el llamado “Plan Colombia” importó asistencia a ese país por varios miles de millones de dólares; en cambio, el llamado “Plan Mérida”, destina para todos los países centroamericanos, Panamá incluido, un total de 200 millones, con los que “se espera” que hagamos milagros.

La lucha contra el narcotráfico requiere de un esfuerzo concertado de todos los países involucrados: productores y exportadores, intermediarios y destinatarios. Pero el peso de las cargas debe repartirse en atención a las limitaciones propias de cada país y, sobre todo, en proporción a los diferentes grados de responsabilidad. Por ello, sorprende, por incongruente, que para algunas autoridades nacionales, encabezadas por el ministro de Seguridad, sea motivo “para sacar pecho” aclararnos que la construcción de “bases aeronavales” y las cuantiosas compras de equipos destinados a evitar que se nos utilice como “puente para el narcotráfico, son un esfuerzo “exclusivamente panameño”. Esa actitud, aparte de desenfocada, en lugar de propender, como correspondería y sería justo a un proporcionado reparto de responsabilidades y costos, no es otra cosa que un ejemplo de un “chauvinismo trasnochado”.