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Navidad


Querido Director,

Ahora se cumple un año que con generosidad Usted me permite colaborar en las páginas de su periódico.

El primer artículo se tituló Los Reyes Magos y creo recordar que como buen principiante, me extendí en exceso y Usted, como viejo zorro del periodismo, me lo permitió.

Cuando llegan estas fechas del final de diciembre, todos estamos tentados de escribir sobre la Navidad en términos edulcorados, blandengues y la mayoría de las veces, laicos. Así, sobre todo en Europa Occidental, que no en la oriental salida del comunismo, cada vez los signos religiosos son menores, la iluminación en las calles casi nada recuerda al motivo religioso-navideño y el Gobierno español califica estas fiestas de “solsticio de invierno”.

Con su permiso, le voy a hablar hoy de cómo nacer es morir, irremediablemente morir y por lo tanto, la Navidad tiene un componente mucho más complejo que la alegría que supone para unos padres tener un hijo.

Cuando digo que hay una gran alegría en el nacer para morir, me estoy refiriendo a que sólo los que nacemos, vivimos y morimos tenemos la posibilidad de salvar nuestro alma y estar junto a Dios en la eternidad.

La sociedad capitalista, consumista y post moderna se rebela contra la inevitable muerte que no es más que el volver a nacer, que con las diferencias culturales que sean necesarias para ajustar las diversas civilizaciones, no es más que volver al estado de inocencia plena y en nuestro caso, el seguimiento de un personaje que cambió radicalmente el mundo: Jesús de Nazaret, que no nació el 24 de Diciembre ni tampoco hace 2,010 años.

Nosotros los católicos, lamentablemente en millones de casos, practicamos nuestra religión de la mano de nuestros padres, hasta los años de la Universidad o del inicio del trabajo laboral.

Después vienen unos años largos de desencuentro con la Iglesia oficial, con argumentos bien razonados, algunos de los cuales con el paso del tiempo los han hecho buenos los propios Papas.

Después viene un proceso donde no queremos transmitir a nuestros hijos y nietos esas dudas y esa desafección, porque pensamos que se es más feliz no cuestionando asuntos que pueden trastocar la normalidad de la vida. Por fin, en la plena madurez y ya sabiendo que por ley natural no nos quedan muchos años, volvemos generalmente a la ortodoxia de nuestra religión católica y así se oyen frases como “quiero morir dentro de la Iglesia”, “no quiero estar lejos de Dios” o el más profundo santateresiano “vivo sin vivir en mí”.

Hoy existe un movimiento pseudo-progresista para, primero, justificar el aborto, es decir, no nacer y luego, justificar la eutanasia, es decir, no morir naturalmente, pero cuando se nace para morir y se admite la ecuación de lo que de esto se desprende y se le da a la vida todo el posible optimismo, constructivo y de amor a los demás, se está preparado para lo que los banqueros, los masones, los filósofos no creyentes, afrontan de manera amarga y desesperada cual es la muerte de lo físico, sin más.

Ustedes en Panamá tienen mucho contacto con todo lo que significa China, pues no en balde la colonia tiene al menos 250,000 individuos. Es cierto que China y Japón, que para nosotros los europeos muchas veces se identifican sin razón, no tienen demasiados puntos en común, excepto las grandes epopeyas bélicas medievales contadas, cantadas y filmadas por Akiro Kurosawa y sobre todo, una filosofía que cuando se lleva a la práctica en la vida corriente ayuda sobremanera en el tránsito de esta breve vida.

Un proverbio japonés dice que delante de nosotros hay dos puertas, por la que pueden entrar la buena y la mala suerte, pero que nosotros tenemos la llave.

Recuerde, Director, una de las frases más bonitas que se pueden oír en la vida: “Al final del camino, te examinarán del amor”.

Atentamente,