Necesitados de silencio
A veces es saludable recluirse y examinarse. Yo mismo acabo de hacerlo. Les confieso que ves la vida de otra manera. Hace tiempo que me apetecía darme un baño de silencio y es lo que he procurado llevar a buen término estos últimos días. En ocasiones, te sientes tan arrastrado por intereses y preocupaciones materiales, que en lugar de experimentar sus alegrías y gozos, te invade una nube de soledades y angustias, que nos impide abrazar cualquier horizonte de luz.
Hoy se habla mucho de un orbe más equitativo, tal vez menos ruidoso y más esperanzador. Ya se sabe que conducir el silencio es más complicado que dejarnos guiar con la palabra. Pero téngase en cuenta, que esta pasión por el verbo ha perdido valor y valía entre todos nosotros. Bajo esta perspectiva de creencia o increencia, a todo ser humano le es concedido conocerse a sí mismo y meditar, alejado de murmullos, sabiamente sobre sí.
Por eso, jamás destrocemos el silencio si no es para regenerarlo, por mucha fe que pongamos en el progreso. El ser humano avanza en la medida que sabe trascender, propagarse su humanidad, sentirse útil para los demás. ¡No utilizado por los demás! Eso hace mucho ruido, pero genera pocas satisfacciones interiores. La persona nunca puede ser liberada solo desde el exterior. La ciencia puede contribuir mucho a la humanización del mundo. Lo mismo sucede con la técnica, puede ayudar a que las culturas puedan unirse. Pero también logra destruir al ser humano y al mundo, si no está orientado en el auténtico amor.
Realmente, cuando uno experimenta ese amor profundo por su semejante, desde el silencio más hondo y compartido, acaba renaciendo, o al menos, injertando un nuevo sentido a su propia existencia. En consecuencia, estimo que es bueno nacer cada día en esa relación humana, sin descuidar a nadie, abrazando al universo, pero al mismo tiempo, lo que ha de darnos ánimos es nuestra propia búsqueda sobre lo que somos y lo que queremos ser; sabiendo, como decía el dramaturgo español Jacinto Benavente (1866-1954), que: "nada fortifica tanto las almas como el silencio; que es como una oración íntima en que ofrecemos a Dios nuestras tristezas".
Al fin y al cabo, uno es tan partidario de la disciplina del sosiego y la quietud, que podría escribir un tratado de pensamiento dejando fluir el corazón únicamente. Es, precisamente, esa fortaleza que todos poseemos, en mayor o en menor medida cultivada, la que nos hace aguantar las adversidades y ascender como individuos. No olvidemos que el agua es más fuerte que la roca y hasta el mismo silencio es más fuerte que la dicción. Recomiéndese, pues, sigilo para que el alma pueda seguir caminando, concibiendo y madurando.