Ni son los que son, ni están los que están
Ciertamente, la población se siente acorralada en rediles; como si el oscuro brazo político del sistema hubiese concebido corrales para encerrar al ciudadano y domarlo mansamente. Ya no es la voluntad individual ni la voluntad ciudadana, inclusive, la que rige nuestra forma de gobierno. Encerrado en libros mohosos ha quedado el concepto del contrato social, como cesión voluntaria y temporal del ejercicio del poder público. Nos sentimos verdaderamente alienados del poder público, así como el obrero queda alienado de su propia creación y del fruto de su labor.
Muchos quisiéramos relegarnos a nuestra profesión, a nuestro hogar, a nuestro contexto familiar y olvidar por completo lo que ocurre en el contexto global de nuestra sociedad; pero al final de cuenta creo, como dice Dante, que los sitios más ardientes del infierno se han reservado para aquellos que, en momentos de crisis moral generalizada, no hacen nada por resolver esa situación.
Y es que el pilar mismo sobre el cual descansa ese contrato social, por medio del cual el ciudadano delega en otros, de manera temporal, el ejercicio del poder público, debe cincelarse y trabajarse siempre; me refiero, claro está, al principio de legalidad, conforme al cual los servidores públicos deben ser casi autómatas en cuanto a su discrecionalidad, procurando conducirse únicamente conforme la ley dicta. Un sentido amplio de tranquilidad debería, en principio, asentarse en todo aquel que, en ejercicio público, hace solo aquello que la ley ordena y omite todo aquello que la ley no dicta. No sería ya la conciencia la rectora de sus actos, sino un cuerpo legal bien definido que rige toda su actuación. Así, sería ciego, como la justicia, en su ejercicio, equitativo en su desempeño, reafirmado en toda su actuación por un marco que rige su vida pública en todo sentido. El servidor público ideal, no debe abrigar pasión alguna; y si es capaz de hacer un mal a alguno en medio de su actuar, caería en lo que el derecho ha definido como desviación de poder, entendiéndose esto último como una deformación moral y anímica del individuo ciudadano que asume una gestión delegada de gobierno. Ni rabias, ni emociones, ni disgustos deben guiar los actos de ese servidor; puede ser humano, sí, pero solo en aquello que le haga recordar que a nadie más debe tributo que a la ciudadanía, y que a ese inmenso conglomerado vuelve cada día luego que termina sus labores, y en el seno de su hogar sabrá encontrar la fuerza, tal vez, para que las mieles del poder no se le hagan nunca dulces y deformen su criterio.
La vida ha de seguir. Si se calienta el fogón de las pasiones en el ejercicio público, se desvirtúa toda razón para servir y servir bien. Igual moderación debe desplegarse también en su conducta; porque cualquier lujo innecesario se convierte en una afrenta al ciudadano, que solo espera de ese servidor un ejercicio claro, moderado y sobrio. Nada más se pide, basándose en aquel principio, asentado por Thoreau, de que el mejor gobierno es el que gobierna menos y no así el que gobierna más.
Abogado