Ningún país es una isla
Nadie hace por sí mismo nada solo. Está visto que nos nutrimos unos de otros y, evidentemente, ningún país es una isla, todo repercute en todos, de ahí que necesitamos verdaderas alianzas sociales, políticas, económicas y también humanas. La unión se precisa para cualquier actividad, es esencial la conjunción de esfuerzos en la vida cotidiana de cada día y también es básico propiciar esa búsqueda de unidad con el diálogo.
La mirada dirigida hacia el futuro debe hacernos recapacitar, sobre todo, para asegurarnos de que el espíritu democrático es el que mueve nuestros corazones en la construcción de los Estados sociales y de derecho. Para este objetivo precisamos una verdadera unión política y, para ello, los ciudadanos deberán expresarse no solo con la mera participación el día de las votaciones, también desde el asociacionismo de barrio o a través de otros colectivos han de avivar el entusiasmo por un servicio social permanente, acorde con las necesidades del lugar.
Lo dijo Amado Nervo, en su tiempo: “Hay algo tan necesario como el pan de cada día, y es la paz de cada día; la paz sin la cual el mismo pan es amargo”.
Desde luego, la acción del ser humano tiene que edificarse desde el compromiso más generoso y colectivo, abriendo las puertas a la vida y mostrando una mano tendida a los que buscan otros horizontes, huyendo de la pobreza, de un conflicto armado o de la degradación del medioambiente. No se puede permanecer insensible a su lucha por la supervivencia. Podíamos haber sido cualquiera de nosotros.
Por desgracia, cada día es más el número de desplazados, por necesidad o violencia, que llaman al corazón de la humanidad, siendo cada vez más necesaria la urgente acción de integrar acuerdos bilaterales o multilaterales en programas de colaboración mundial.
Por eso es vital un cambio radical de perspectiva; ante todo debe prevalecer el bien colectivo de toda la especie humana, concretado en el reconocimiento de los derechos humanos, con las exigencias éticas y jurídicas derivadas de la misma, lo que ha de conllevar el deber de garantizar el derecho a la asistencia humana de tantos excluidos y marginados.
Siguiendo esta gramática inscrita en el corazón humano, de trabajar unidos y de sembrar la unidad, no habrá obstáculos que se nos resistan. Solo cuando la moral se reduce a nada, las fuerzas que conforman una especie se debilitan tanto que el desconcierto y la desorganización se sirven en bandeja.