No perdamos la humanidad
En una ocasión, harán muchos años, vi a un parroquiano muy entristecido, acabangado, deprimido. Podría tener entre 35 y 40 años. Su vestir no era andrajoso, por el contrario, lucía bien. No sabía quién era ni cómo reaccionaría si me le acercaba y le dirigía la palabra. Lo pensé mucho hasta que, al final de cuentas, me le acerqué para decirle: “No sé qué le acontece, pero recuerde que Dios no nos desampara nunca”. Solamente levantó la mirada y me dijo: “Gracias, muchas gracias”.
Transcurridos unos cuantos meses, habiendo olvidado ya el acontecimiento, encontrándome en cierto paraje de la ciudad, se me aproximó un caballero con mirada firme y decidida, voz gallarda, erguido en posición de caballero de cortes, elegantemente vestido, me extiende su mano, entre tanto dejaba aflorar una sonrisa de mucho entusiasmo y me dice: “Gracias don Silvio, gracias, me recuerda usted?”. Balbucee por unos instantes y en los archivos de mi memoria afloró la imagen del hombre aquel a quien en meses pasados le había dado una voz de aliento entre tanto la depresión, la ansiedad o la tristeza lo hacían víctima casi ineludible de la desgracia o del infortunio. Contesté: “Claro que lo recuerdo muy bien, vaya qué alegría volverlo a ver y ahora tan distinto”.
A NADIE LE DAÑA UNA PALABRA DE ÁNIMO, DE ALIENTO...
Mi entusiasmo, de pronto, quedó paralizado, suspendido al escuchar aquella confesión: “Sabe, ese día señor Guerra, yo me iba a suicidar, pero al escuchar su saludo y cuando me dijo que Dios nunca nos abandona, cambié de decisión y opté por la vida, realmente Dios me ama”. Nunca lo podemos saber, por los vericuetos mentales, psicológicos por las turbulencias del espíritu por las que atraviesa una persona, pero de lo que sí podemos estar seguros es de que a nadie le daña una palabra de ánimo, de aliento. Cuánto poder, cuánta potencia para cambiar vidas, puede haber en una palabra emotiva, de acicate, de aliento, motivadora. Todos necesitamos que alguien nos inspire, nos dé un empujoncito, nos aliente.
Que no nos acontezca como el personaje que relata que, en cierta ocasión, en las frías calles de Moscú, se le aproxima un mendigo pidiéndole una limosna y al no tener siquiera una moneda para darle, extendió su mano para estrechar la mano del mendigo. Al hacerlo, los ojos tristes del mendigo se iluminaron, llenos de un brillo singular, dijo: “Gracias, hace muchos años, ya que no sabía qué era el calor de una mano humana, el cariño de una mirada dulce y sincera, qué regalo tan grande me ha dado hoy el Señor, sentir que la humanidad no se ha perdido”. Para ese mendigo, el cariño llenaba todas sus ansias, las monedas paliaban su hambre, pero no el frío del alma ni del corazón tras la ausencia de amor.
Abogado.