No serviré a señor que se me pueda morir

Por: Redacción 30/09/2017

¿Qué le pasó a este hombre ante el encuentro con el cadáver de quien admiraba y estaba platónicamente enamorado? Francisco de Borja, duque de Gandía, marqués de Bombay, virrey de Cataluña y Grande de España, hombre alto, corpulento, elegante y de total confianza del emperador Carlos V de Alemania y I de España, está acompañando desde Toledo a Granada el cadáver de la reina Isabel, que murió de parto el 1 de mayo de 1536. Esa misión le encomendó el emperador. Va muy triste comandando el séquito de clérigos, nobles, siervos y soldados que llevan el féretro de la emperatriz, mujer joven de 36 años, que tenía fama de ser extremadamente bella, de carácter dulce y muy bien educada, portuguesa de nacimiento. Lo acompaña el príncipe Felipe II, hijo del emperador y de Isabel. Será enterrada en el Panteón de los Reyes de la Catedral de Granada. Francisco, casado con Leonor, la primera dama de la corte de la emperatriz, padre de ocho hijos, va recordando cómo llegó a la corte y cuando el rey le dio la tarea de ser el caballerizo mayor, o sea el guardián principal de la reina, y cómo fue su primer encuentro con ella. Quedó embelesado al contemplar a esta mujer, su porte digno, su mirada dulce, su elegancia natural, sus ademanes finos, su fortaleza interna y que era la reina de España y emperatriz de Alemania, la mujer más poderosa en la tierra.

Cuando se encontraba él y la reina, por razón de su trabajo, por esa profunda, extasiada admiración y atracción que sentía hacia ella, muchas veces bajaba la cabeza para no mirarla. Él siempre fue fiel a su esposa y respetó hasta en sus pensamientos a la reina. Escoltando la caravana que acompañaba el féretro de la reina, no podía olvidar su sonrisa, la compasión que ella sentía hacia los pobres, la preocupación que demostraba por las continuas salidas del rey, sobre todo cuando iba a enfrentarse en guerra a los enemigos. Entre lágrimas recordaba cuando ella asistía muy devotamente a misa y comulgaba. Una mujer completa, auténtica, digna. No podía olvidar que era mujer muy bella, combinando su porte físico en extremo atractivo con una muy notable inteligencia, corazón noble, un alma íntegra y grandes valores. Pero está muerta, y van de Toledo a Granada guardando un gran silencio, escuchando solo los pasos de los caballos y las ruedas de la carroza real, en ocasiones los rezos de los clérigos y al pasar por los pueblos el redoblar de los tambores y el sonido de la trompeta.

Llegados a Granada, después de 16 días de camino, llevando ese féretro que venía sellado, tanto el de plomo como el de madera, en la catedral, en una de las capillas, ante el arzobispo, clero, nobleza y autoridades civiles proceden a abrir el doble ataúd para identificar y declarar que era el cuerpo de la reina. Al destapar las cajas selladas, el estupor de todos fue enorme, tanto por la fetidez que inundó toda la nave, como al ver el rostro putrefacto de la reina y la deformidad del cuerpo tapado por las vestimentas reales. El príncipe Felipe, su hijo, tapándose la nariz y casi desmayándose, se apoyó en el duque, quien no salía de su asombro y dolor. Y todos, tratando de cubrirse con pañuelos el rostro para poder respirar, miraban atónitos el espectáculo. El llanto se mezclaba con los rezos, y el duque de Gandía, Francisco de Borja, tuvo que declarar ante notarios que ese era el cuerpo de la emperatriz Isabel. De ahí nace en el fondo del corazón de este noble y creyente hombre, la frase ya inmortal: "jamás serviré a señor que se me pueda morir". Aquí comenzó el cambio dramático de la vida de Francisco.

Se desvanecen todas sus ideas de endiosamiento del poder humano, derrumbándose todos los mitos sobre la belleza y la grandeza terrena. La muerte le enseñó que todo es pasajero y que solo Dios perdura. A los tres años fallece su esposa y decide a sus 37 años renunciar a todos sus títulos, poder, riquezas y privilegios y se hace sacerdote de la orden de los Jesuitas. Vive pobre y humildemente y en el convento trabaja hasta de ayudante del cocinero. Mucha oración y abnegación, sacrificios y austeridad. Pero tanto valía como persona que al final, después de 17 años como religioso, lo eligen como padre general de la orden y tras ejercer por 8 años ese delicado cargo de dirigir la Compañía de Jesús muere en olor de santidad. San Francisco de Borja nos enseña a poner a Dios en primer lugar, con quien somos invencibles.

Monseñor

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