'No voy'

Por: Redacción 12/08/2017

Cuando era niño, no existía Uber. Simplemente telefoneábamos a la piquera al lado del teatro Bella Vista y el enguayaberado señor Cedeño con su bigote bien talado y su generoso vientre pasaba por nosotros en 5 minutos con sus "buenos días" y grata disposición. De origen santeño, amable sonrisa y novedosos cuentos, Cedeño era parte extendida de nuestra familia, tal como lo eran el "Fat" Fernández, del noticiero de RPC televisión, y Juan Carrete, de "Mi Carretilla y Yo". Era un Panamá diferente, donde los transeúntes hacían contacto visual y se saludaban, anunciando sus precios los vendedores de telas en plena avenida Central, donde se conocía al cajero del banco con corbata gatito y a la billetera favorita por primer nombre. No existía el celular y el teléfono se prestaba en algunos negocios por cinco centavos y la exigencia de brevedad en el llamado. Todo esto se fue a pique con el golpe del 68, 21 años de decadencia en los que los hijos predilectos de la revolución recibieron cupos y dejaron de lavar con cariño sus autos y su persona, transformando el placentero y competente servicio del señor Cedeño en una burla a ese cliente que le daba el pan de cada día y el manejo profesional hacia un "hago lo que me da la gana, y qué".

El miércoles los vimos en plena Avenida Balboa, ya evidente el notorio cambio de Dr. Jekyll a Míster Hyde, carente de todo respeto, golpeando al director de la Policía y exigiendo sus derechos en contra del ilegal, ilegítimo y eficiente Uber. La culpa la tenemos todos, por ser congos. Nunca, o casi nunca tomo taxi. Al hacerlo, hago señal y al detenerse el vehículo me introduzco al asiento al lado del taxista, me abrocho el cinturón de seguridad, le doy los buenos días y le indico mi destino, sin dar opción a un grosero "no voy". Simplemente, un servicio público debe serlo, pero nosotros nos dejamos, amablemente abriendo parcialmente la puerta trasera, anunciando con ojos de ternera huérfana nuestro destino para ver si ese buen hombre se apiada de nosotros y nos lleva sin recoger otros pasajeros, bajando el volumen de su vulgar música, conduciendo sin quebrantar siete veces las reglas del librito de tránsito y con deleitable aire acondicionado.

El gobierno anterior tuvo la arrogancia de exigirles que fuesen todos amarillos, un forcejeo que ganó al último momento, haciendo oídos sordos a las exigencias por una extensión, como suele resultar siempre el caso. El servicio de Uber lo utilizan sobremanera los turistas porque se conocen de antemano las reglas del juego, la tarifa a cobrar y el nombre del conductor, amén que se pueden solicitar diferentes tipos de vehículos y hasta conductores que hablen inglés, por un importe adicional. Esto lo hacen posterior a la primera vez que sucumben a la triste costumbre del "gringo pricing", donde los taxistas tradicionales les cobran una exagerada tarifa por una carrera normal. Búrlame una vez y es tu culpa, dos veces y es la mía. Y después nos preguntamos por qué ha bajado el flujo de turistas hacia Panamá.

Esto se corrige como en todas las partes del mundo, con un taxímetro. Así termina el relajito de las tarifas de capricho del conductor. Por qué no se ha instaurado el sistema en Panamá es la pregunta de los mil balboas y de los múltiples congos en que nos hemos convertido. En un taxi de verdad, se ubica en sitio notorio la fotografía, nombre y detalles del conductor y su número de cupo, por temas de seguridad de los usuarios, legalidad del servicio y quejas particulares. En los retenes siempre se encuentran taxis detenidos, recientemente tropecé, válgame Dios, con uno que portaba la placa de 2013.

¡Cómo extrañamos al señor Cedeño! Gracias, Uber, por recordárnoslo. Ojalá posterior al desdeño a la autoridad se tomen cartas en el asunto y se acorrale de una vez por todas el servicio de transporte público selectivo, por el bien de ellos y de nosotros.

Líder empresarial

Edición Impresa

Miércoles 15 de julio de 2026