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Nuestro diario de vida

Por: Redacción 06/11/2015

Cuando perdemos el sentido humano, todo se desmorona, hasta la misma sintonía de vivir y dejar vivir, conforme a la regla del auténtico amor. Por desgracia, los moradores de este mundo estamos perdiendo los auténticos hábitos de hacer y dejar hacer, por el bien de todos, sin más abecedario que la verdad y la justicia como sentimiento aglutinador.

Aún son muchas las personas que se ven privadas de derechos básicos, a las que no se les permite ser dignos protagonistas de su propio destino. ¿Qué menos que ser dueños de nosotros mismos? Puede que, en los últimos años, cerca de ciento cincuenta millones de personas hayan superado la pobreza extrema gracias a los programas de protección social, y está bien poner en valor la solidaridad, pero además hemos de activar el brazo del universo moral para dar cognición a nuestra existencia.

La idea aristotélica de que "nos volvemos justos realizando actos de justicia; templados, realizando actos de templanza; valientes, realizando actos de valentía" deberíamos ponerla en práctica con urgencia. Ahora bien, de nada sirven los buenos presagios, sino se universalizan.

Las estadísticas de Naciones Unidas nos dicen, al respecto, que "cerca del 80% de los más pobres viven en las áreas rurales en los países en desarrollo, y no todas las personas que viven en esas áreas laboran en la agricultura". Indudablemente, esta inmoralidad que nos hemos trazado, junto a una economía verdaderamente sin alma, no solo daña vidas a las que confunde, también destruye sentimientos y divide a la gente, porque margina y fomenta el caos, en lugar de reordenar las prioridades de la mundializada especie humana.

Cada día, para desgracia nuestra, son más las personas que necesitan asistencia humanitaria y protección, al parecer asciende actualmente a cien millones, una cifra verdaderamente alarmante que nos deja sin palabras.

Es hora de que dejemos de ocultar la verdad y nos pongamos con más corazón a reconstruir una sociedad menos indignada moralmente, y sobre todo más concienciada con sus semejantes. No cabe duda de que la honestidad es el estado moral más sublime. Sin embargo, vivir en contradicción con el propio espíritu de uno es lo más insoportable. Pasa por no querernos. ¿Qué mayor destrucción? Por su propia placidez; las personas con corazón aman mucho y, donándose, se quieren más.

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Miércoles 29 de julio de 2026

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