Nuestro futuro por mar y aire
Los riesgos ambientales, por mar y aire, se producen y reproducen a una velocidad de vértigo. Dicho esto, lo que menos parece importarnos es el daño ecológico que estamos causando a las generaciones que nos sucedan. A pesar de que este año se cumplen los cuarenta años de reflexión del Día Mundial del Medio Ambiente y el vigésimo aniversario del Día Mundial de los Océanos, tenemos que reconocer que dichas celebraciones han servido para muy poco.
La permisibilidad de los poderes económicos es tan brutal, que cuesta sostener los pilares de los buenos propósitos. Nadie detiene la descarga de sustancias tóxicas que exceden la capacidad del aire o del mar para convertirlos en inocuos. Los Estados tampoco se ponen de acuerdo para fijar la eliminación y destrucción total de armas nucleares. Los dirigentes mundiales saben que la generación de energía es un tema central para el desarrollo y también para el medio ambiente, y no se ponen de acuerdo.
Hay que ir más allá del ecologismo de palabra y concretar acciones. No se pueden seguir degradando tierras y bosques, quedar pasivos ante la pérdida de hábitat y de biodiversidad, mostrar indiferencia ante un objeto que expulsa humos sin cesar. En el caso de las empresas ligadas a la producción de objetos con automotores, habría que ser más exigentes.
Igual sucede con la contaminación marina, es producto de nuestras actividades humanas. Se modifican cauces de ríos, se altera el flujo del agua para levantar rascacielos. En las zonas costeras se ha permitido todo tipo de comercio especulativo sin importar para nada la destrucción marina. A este universo de despropósitos, habría que sumar el agotamiento de los recursos pesqueros. En suma, la actividad delictiva, originada tanto en mar como en aire, es tremenda, merece algo más que meras reflexiones, pero ha llegado el momento de pedir sensatez y de que paguen su ineptitud los que debieron actuar con el deber de su cargo.
Por mar y aire, nuestro futuro queda en entredicho. Ya está bien de vivir en la duda permanente. La no contaminación del mar y del aire, evidentemente es un deber individual y colectivo, pero la comunidad internacional debería ser más contundente con sus denuncias. ¿Hay que generar un cambio?, pero ¿quién lo genera? Hay cosas que dependen de cada uno de nosotros, y otras no. Pues empecemos por las primeras, las que nosotros podemos cambiar, y quizás, después, surjan líderes para propiciar esa mutación.
Es tiempo de unirse para dar vida a unos recursos naturales que deben preservarse más allá de las buenas intenciones. Debemos tomar partido en realidades que hagan justicia. La situación actual es peligrosa por su variedad de contaminantes. En cualquier caso, lo peor que nos puede ocurrir es quedarnos sentados, sin hacer nada, a ver lo que pasa.
Escritor
