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Nueva era eclesial


REDACCION / PANAMA AMERICA

Benedicto XVI dejó el Vaticano en olor a multitud. Acto seguido se retiró a Castelgandolfo a meditar en soledad, en un retiro que no se presentaba desde la abdicación de Carlos V y su reclusión voluntaria en la sombría residencia de Yuste. La convocatoria del Concilio Cardenalicio que elegirá al sucesor del teólogo alemán Joseph Ratzinger será el punto de partida de una nueva era en la historia de la Iglesia católica, apostólica y romana. Una nueva etapa impregnada de incertidumbre al no saberse si el nuevo pontífice proseguirá o variará la línea legada por Benedicto XVI respecto a tópicos controversiales de orden moral y financiero.

En pocas circunstancias anteriores, como acontece ahora, se ha puesto en juego la imagen de la Iglesia por denuncias de abusos sexuales presuntamente cometidas por extraviados eclesiásticos contra pupilos de planteles católicos de diversos países. Benedicto XVI tomó el toro de la pederastia por las astas, determinando que los responsables de abusos sexuales contra menores de edad sean juzgados por la vía ordinaria judicial, sin ningún género de encubrimiento de responsabilidades.

Una de sus últimas decisiones fue exigir la renuncia de un cardenal irlandés que, no obstante las desviaciones que se le achacan, iba a tomar parte en la votación para elegir al nuevo vicario de Cristo. Decisiones de este calibre, de cara a la opinión pública internacional, resultan indispensables para fortalecer prístinamente la línea de autocrítica que fijó Benedicto XVI.

De lo contrario, los mordaces ataques descargados contra la milenaria institución podrían erosionar los fundamentos doctrinarios que ha permitido a la Iglesia seguir subsistiendo.

En el año 410 después de Cristo, los visigodos de Alarico conquistaron y saquearon Roma, dos años más tarde, comenzó San Agustín la redacción de “La ciudad de Dios” como respuesta a los paganos que achacaron a la religión cristiana la responsabilidad de no haber defendido la ciudad sagrada del desastre material que, según alegaron, Dios debió impedir. En lugar de ser víctima, San Agustín rechazó los blasfemos alegatos, no solo para explicar la caída de Roma sino, primordialmente, para remarcar la eternidad de la [B]civitate Dei[/B].

Son estas difíciles coyunturas en las que el catolicismo debe tomar nuevo y poderoso impulso para reaccionar con hechos transparentes, expulsando a quienes han abjurado la noble herencia de San Pedro y San Agustín y retomar el camino valeroso y realista emprendido por Benedicto XVI.

Recordemos que San Pedro fue el vicario de Cristo y que los pontífices son, también, herederos de este vicariato. Los enemigos del catolicismo han aprovechado cualquier ocasión para conspirar contra sus fundamentos doctrinarios. Han reaparecido, cual falsos profetas, para fracturarla o denigrarla. Quizás los adversarios más incisivos son los que se apartan de los deberes de la castidad, desacreditan su misión evangelizadora y traicionan los votos que juraron acatar. Los peregrinos congregados en la plaza romana, para rendir homenaje al pontífice, representaron la esperanza de la grey católica en la solidez de sus cimientos, la cual encarna la perdurabilidad de la fe contra la asechanza del mal.

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Viernes 14 de agosto de 2026