Odebrecht vs. acuerdos
Un acuerdo de pena con la transnacional Odebrecht cursa lectura, a mi juicio, primeramente por una seria, objetiva y desapasionada consideración referida a los altos y caros intereses de la nación –léase los intereses del pueblo panameño–. Una de las cuestiones más criticadas es lo relativo a los 220 millones acordados y que en un lapso de doce años habrá de pagar Odebrecht, sin que dicha suma genere interés alguno. En conclusión, no hay garantía de nada de pago alguno. Lo que sí se garantiza Odebrecht es que seguirá contratando y trabajando con el Estado panameño por diez años más. ¡Excelente jugada, Odebrecht: O fútbol mais grande do mundo!
Lo que no se entiende es cómo del rédito o producto del delito se pague o se pretenda cumplir con compromisos que se traducen en entregas ridículas e irrisorias, en comparación al gran daño causado, de dineros a favor del Estado panameño. Es decir, el delincuente roba o hurta y con ello paga y se queda con la mayor parte.
No pierdo de vista que esta empresa, igual que ayer, mantiene con el gobierno actual contratos de cientos de miles de millones de dólares y tampoco soslayo que se considera la tutela de la mano de obra que trabaja con ellos en las obras licitadas con nuestro país como pretexto para no romper abruptamente con dicha empresa; sin embargo, no podemos descuidar que estas preocupaciones, en realidad, no tienen por qué obstruir o afectar un acuerdo o trato justo cuyas lecturas, primordialmente, tengan que ver con la devolución, no menos justa, de los dineros que le hurtaron, en contubernio con malos panameños aliados a intereses mezquinos y corruptos con extranjeros, a nuestro pueblo, socavando a diestra y a ultranza, el erario público y con ello las expectativas de inversión en el gasto público –obras– a favor de nuestro país.
Sin duda alguna, Odebrecht siempre fue privilegiada y aún lo sigue siendo, por parte de los Gobiernos en nuestros países –ahora sabemos que era favorecida merced de las jugosas coimas que daban a los gobernantes o a quienes desde su cimera posición en dichos Gobiernos influían en las contrataciones o licitaciones–; la corrupción no solo transitó por las tentadoras ofertas o propuestas del poderoso caballero Don Dinero, sino que también explotó las veleidades y pasiones del sexo ilícito poniendo en las manos de los corruptos mujeres bellas y hermosas que con tal fin lucían y entregaban sus voluptuosos cuerpos brindando altas dosis de fuego y pasión propios del deleite carnal a "nuestros gobernantes".
El dominio de Odebrecht ocupó diversos escenarios y actores, también actrices, en donde no se excluyeron profesionales, empezando lectura por los abogados que cayeron en las garras del dinero y terminaron corrompiéndose. No pocas empresas privadas y bancos también formaron parte del entramado de la corrupción: en otras latitudes han habido privados de libertad, acusados condenados, políticos presos, bienes cautelados, pero en Panamá solo se sabe de un supuesto acuerdo de miseria que pareciera ha entenebrecido las mentes inteligentes y hasta ha sido aplaudido por quienes dicen hablar en nombre de nuestro pueblo, cuando, en realidad, tal acuerdo ha debido merecer la más alta censura por parte de quienes aún seguimos manteniendo viva y encendida la llama de la dignidad nacional y de la defensa de los altos y caros intereses de la patria. Estos son los, como siempre, "baila la vara", metiches, filibusteros, engañadores, oportunistas, esos mismos que en todo dicen estar de "acuerdo" con el "acuerdo". Y si por algo disienten, es porque "algo" ocultan o "algo" quieren.
No puede ser cierto que el acuerdo con Odebrecht esté ausente de cláusulas penales, huérfano de una cuantía digna y respetable cónsona con la dignidad nacional y con el monto o agravio causado a nuestro país y al pueblo panameño; es un acuerdo entreguista, humillante, indigno, impropio, improcedente, lesivo a los derechos soberanos de nuestro país. Es un acuerdo que denigra la condición digna del ser panameño.
Antes bien, deben ser sentados en el banquillo de los acusados todos aquellos que le robaron al país y que como hetairas o palaciegas se vendieron a un gran postor: Odebrecht.
La institucionalidad no puede sucumbir ante semejante vergüenza nacional. Y lo mínimo o poco que podemos hacer es no entregarnos en un acuerdo que nos delata como amantes o patrocinadores de la corrupción.
Odebrecht: Que devuelva todo lo que nos quitó con precios excesivos en las construcciones de las obras, y que pague los daños y perjuicios que nos ha causado. Luego podemos considerar algún eventual acuerdo. Basta de que la patria chiquita siga siendo vendida y entregada, hoy como ayer, a los expoliadores que, cuales vampiros, chupan su sangre y savia honesta.
Abogado