default

¡Oigan, Jesús de Nazaret ha resucitado!


Rómulo Emiliani, cmf. (opinion@epasa.com) / Monseñor

Sí, Él ha resucitado. Este es el anuncio que la Iglesia ha predicado siempre: que Cristo venció al pecado y a la muerte y que nos abrió las puertas del cielo. Pedro, lleno del Espíritu Santo, manifestaba con los once en diferentes lenguas: “A este Jesús, Dios lo resucitó: de lo cual todos nosotros somos testigos” (Hechos, 2,32). Pablo insiste en el misterio sacratísimo de la Resurrección: “…que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los doce; después se apareció a más de quinientos hermanos a la vez, de los cuales todavía la mayor parte viven y otros murieron. Luego se apareció a Santiago; más tarde a todos los apóstoles. Y en último término se me apareció a también a mí, como un abortivo” (1Cor 15,4-8). Y de hecho, si no hubiera resurrección, no tendría ningún sentido seguir a Jesucristo, adorar un cadáver ya pulverizado que no puede hacer nada por nosotros. “Y si el Cristo no resucitó, su fe es vana: están todavía en sus pecados” (1Cor 15,17).

Y si Él resucitó, tenemos la esperanza más grande: vivir con Él eternamente. Si hay resurrección, hay vida eterna, llena de infinito gozo. Y esa fe y esperanza nos mantiene de pie ante todos los infortunios, calamidades y tragedias que la vida nos pueda presentar. Ahí está la madre que perdió a su hijo asesinado, o los niños huérfanos porque perdieron a sus padres en un accidente, o el esposo que ve morir a su esposa de un cáncer terminal. Nada los puede consolar, hacerles levantar el ánimo y devolverles las ganas de vivir, sino el anunciarles que hay resurrección, que sus familiares están gozando del Señor y que los esperan para vivir felices en el cielo. “Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que, según su gran misericordia y por la resurrección de Jesucristo de la muerte, nos ha hecho nacer de nuevo para una esperanza viva, a una herencia que no puede destruirse, ni mancharse, ni marchitarse, reservada para ustedes en el cielo” (1Pedro, 1, 3-5).

Sí, hay vida más allá de la muerte. Esa esperanza nos da la fuerza para continuar el camino y enfrentarnos a todas las pruebas que da la existencia humana.

Seremos salvados gracias a la misericordia divina que dispuso entregar a su Hijo a la muerte para así pagar el precio del rescate y liberarnos del pecado y de la muerte. Cultivemos esa fe, alimentémosla con la oración, la lectura de la Palabra, la vivencia eucarística, la vida en comunidad cristiana y la solidaridad con los más pobres. “Porque gracias a la fe, el poder de Dios los protege para que alcancen la salvación dispuesta a revelarse el último día. Por eso alégrense, aunque por el momento tengan que soportar pruebas diversas. Así, la fe de ustedes, una vez puesta a prueba será mucho más preciosa que el oro perecedero purificado por el fuego y se convertirá en motivo de alabanza, honor y gloria cuando se revele Jesucristo” (1Pedro 1,5-7).

Cristo vino a darnos la vida nueva del Espíritu y llevarnos al cielo, junto con su Padre. “Y esta es la voluntad de mi Padre: que no pierda nada de lo que Él me ha dado, sino que lo resucite el último día” (Juan 6,40).

Es cuestión de poner nuestra atención en todo lo que viene después, con los pies bien puestos en la tierra, para saber la trascendencia de nuestros actos: “Entonces el rey dirá a los de la derecha: vengan, benditos de mi Padre, a recibir el reino preparado para ustedes desde la creación del mundo. Porque tuve hambre y me dieron de comer…” (Mateo, 25, 34-35). Entonces si esto no acaba con la muerte, si estamos destinados a algo grande, divino, eterno, tengamos puesta la mirada en el corazón misericordioso del Padre que perdonó al hijo pródigo y le devolvió el derecho a la herencia del reino (cf Lucas 15,11-32), “y con Él nos resucitó y nos hizo sentar en los cielos en Cristo Jesús, a fin de mostrar en los siglos venideros la sobreabundante riqueza de su gracia, por su bondad para con nosotros en Cristo Jesús” (Efesios 2,6).

Cristo fue el primero en resucitar y nos abrió las puertas del cielo. “Cristo resucitó de entre los muertos como primicias de los que durmieron. Porque habiendo venido por un hombre la muerte, también por un hombre viene la resurrección de los muertos. Pues del mismo modo que en Adán mueren todos, así también todos revivirán en Cristo” (1 Cor 15,20-22). ¡Hay vida eterna! Y recordemos, que con Él somos invencibles.

Edición Impresa

Viernes 14 de agosto de 2026