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Ojo, ya no te creo…


Un indígena, que posiblemente solo haya chocado la mano de alguna autoridad al momento de solicitarle el voto, ha sido el detonante de una confrontación que pocos predecían. Su paradero, sus golpes físicos o su versión han sido suficientes para provocar la reflexión sobre la poca, baja o nula credibilidad en las instituciones estatales.

La génesis de todo este conflicto radica en su desaparición y la denuncia de uno de sus familiares que puso en alerta a las autoridades. En su ausencia, un sin número de versiones salen a relucir, algunas muy delicadas, sin sustento y atrevidas, que recuerdan sucesos históricos trágicos no aclarados, que posteriormente desencadenaron en un anuncio a lado del director de la Policía con una nueva versión distinta a las anteriores.

No conformes con la versión oficial, aparecen carteles con recompensas monetarias para dar con la “verdad” de lo ocurrido. En este sentido, no hay cosa que debilite aún mas la credibilidad de las instituciones del Estado, especialmente cuando la invitación proviene del partido gobernante. Una posición, no solo que riñe con el trabajo de las autoridades encargadas de la investigación judicial, sino que pone en jaque la institucionalidad del país, su equilibrio e incipiente democracia. La confianza en el Ministerio Público se empantana y sin querer, se puede crear un ambiente muy hostil para los ciudadanos que no tienen pareja en este baile. Cuesta trabajo creer que semejante recompensa provenga de mentes cuerdas, ecuánimes y con criterio. Si se pretende arremeter contra quienes especularon sobre una supuesta “decapitación”, se deben de iniciar nuevos procesos; independientes, separados del morbo y tinte político. En este escenario, en el que dos fuerzas buscan optar por el “poder” por el “dominio” la grieta más profunda recae en la estabilidad social del país.