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¿Padecemos un analfabetismo cívico

Por: Redacción 13/04/2015

Cuando se analizan los problemas de la educación panameña (léase la actual crisis educativa), la tasa del analfabetismo panameño contemporáneo se compara desfavorablemente con el progreso educativo del Panamá de Octavio Méndez Pereira y Federico A. Velásquez, exministros de Educación, cuando el analfabetismo había sido enfrentado con disposición y dedicación docente, con intención de erradicarlo de nuestro medio.

Investigaciones recientes demuestran también que muchos panameños que saben leer han desarrollado escasa capacidad o interés en relación con los problemas de carácter público frente a los cuales deberían, como ciudadanos, tomar posición. Ese analfabetismo cívico político, más preocupante que el desequilibrio técnico, tiene su raíz en una de las mayores omisiones de las prácticas educativas: la falta de enseñanza cívica.

El analfabetismo cívico político en Panamá se debe en gran medida a que se ha limitado (o eliminado) la educación cívica de los planes y programas de estudio escolares de las escuelas básicas y del nivel medio. La educación cívica debe tener como objetivo preparar al futuro ciudadano para el cumplimiento de los deberes y para el ejercicio de los derechos democráticos y, especialmente, para preparar a cada individuo para la vida social, desarrollando en él el espíritu de cooperación, el interés por el bien público, la generosidad y el sacrificio del egoísmo individual.

Es indispensable la explicación de la forma como se halla constituida nuestra sociedad civil, el engranaje y la correlación de los distintos poderes públicos; las normas constitucionales que garantizan los derechos civiles y sociales y, particularmente, la independencia de criterio y la honradez en el ejercicio del sufragio, enseñanzas fundamentales en la formación del futuro ciudadano. Lamentablemente, las mismas no se imparten desde hace muchos años en nuestras escuelas.

La educación desempeña una función dual en toda civilización: debe transmitir la herencia cultural y, también, debe suministrar a cada generación los instrumentos intelectuales, morales y cívicos de su autoafirmación, mediante el cálculo de las fuerzas que aquella ha de afrontar, y por la promoción de los cambios indispensables. En este sentido, debe ser al mismo tiempo conservadora e innovadora, transmisora y revolucionaria. De hecho, la compleja problemática actual, es decir, el ritmo extraordinario de los cambios transformadores socioeconómicos panameños complica la tarea docente. El proceso de cambio constante obliga al maestro a una actitud alerta ante los cambios, a menudo sutiles, sin perderse en la complicada maraña.

Por otra parte, la mente del niño y el joven panameños sufren, también, la presión familiar, de la pandilla callejera y de los condiscípulos, y soporta el bombardeo de todos los grandes medios de difusión: la radio, el cine, la televisión, el internet y las lecturas no éticas. El intrépido maestro que intente plasmar la mente y el carácter de sus educandos solo tiene acceso, por consiguiente, a un pequeño segmento de la atención de los niños y jóvenes. Por lo general, el docente experimenta la desagradable sensación de que está luchando contra demonios de proporciones gigantescas por el dominio de la personalidad, todavía plástica, del niño y el joven, consciente de que después de breve lapso de relación en el aula, esas fuerzas someterán a permanente asalto la mente infantil y adolescente.

Ciertamente, las escuelas expresan una fase de la cultura de la multitud: la aceptación sin crítica del éxito, el poder y el prestigio como objetivos vitales, el laxo consentimiento de ciertos medios discutibles simultáneamente con un moralismo definido a la ligera. Sin embargo, también hay maestros que son la única fuerza contraria que el niño y el joven pueden invocar para oponerse a la torpeza de la cultura multitudinaria. Al fomentar el amor al prójimo, la sed de experiencias formativas, la actitud crítica hacia los ídolos dominantes de la cultura y los sentimientos de generosidad hacia los pueblos extranjeros y las diversas culturas, esos maestros ejercen un influjo de vastas magnitudes sobre cada generación.

Abren a cada individuo los tesoros de la ciencia, la literatura y las artes, y colocan en las manos de todos esa clave de acceso a cuanto ha sido creado, que hace de todo sistema educativo un factor potencialmente revolucionario.

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Viernes 31 de julio de 2026

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