ESPACIO PUBLICITARIO — Top (≤100px)
País de plástico
Érase una vez un país de plástico, mas no precisamente el escenario de otro capítulo de la saga Toy Story, sino de aquél con un sistema económico-social basado en las apariencias, la fantasía y la inexcrupulosidad, tal cuál lo describió alguna vez pero en menor escala Rubén Blades en una de sus atinadas composiciones. Sin embargo, todo tiene un principio y un fin, y el despertar de este espejismo colectivo supone grandes incomodidades para los hasta ahora favorecidos con este sistema y paradójicamente para muchos de los cándidos que no han hecho otra cosa que padecerlo.
Los delirios de Ícaro que alguna vez caracterizaron a la “Dubai de las Américas” han comenzado a menguar abruptamente a raíz de los múltiples señalamientos por corrupción de los que a diario somos objeto por parte de instancias muchas veces faltas de moral pero no necesariamente de razón. Quizás todo este revuelo no sea más que una conspiración perfectamente orquestada y bien fundamentada para “difamar” o mejor dicho develar el misterioso “milagro económico” que nuestro país ha logrado en poco más de una década. Tanta “prosperidad” finalmente terminó por incomodar a quienes han manejado este “negocio” por mucho tiempo, al punto que hayan decidido deshacerse de la indeseable competencia.
A este respecto, los invito a investigar cuáles son los países con mayores índices de ocultamiento financiero. Por supuesto, el nombre de Panamá no podía faltar allí, pero en una posición no tan protagónica. Bien podría decirse que después de todo Simón Bolívar tuvo algo de razón con su inmortal frase: “Panamá, puente del mundo y corazón del universo”. No estoy seguro de que el universo tenga corazón, pero nuestro país efectivamente se ha convertido en el punto de convergencia de muchos recientes escándalos de corrupción a nivel mundial.
Aparentemente estamos tratando de emular la idea de que todos los caminos van a Roma pero de una forma un tanto distorsionada. En aquel entonces, el malogrado General debió incorporar también la palabra isla en algún punto de su declaración, ya que, a pesar de nuestra “eficiente integración” a toda esta maraña, hemos adoptado una postura bastante rebelde y hermética en lo que respecta a ceñirnos a las regulaciones internacionales en materia fiscal y a colaborar con las investigaciones a fin de deslindar responsabilidades. Hasta parece que estuviéramos tratando de ocultar algo o de encubrir a alguien.
Muchos se han armado de capas, espadas y apasionados argumentos para defender el honor de Panamá. De hecho, llaman poderosamente la atención los ingentes esfuerzos a nivel local por convertir la apertura de esta Caja de Pandora en una causa nacional aún cuando la misma sólo atañe a un sector muy específico: los artífices de este lucrativo “negocio”. No es de sorprender, pues históricamente los panameños hemos sido muy eficientes en acoger los intereses de nuestros verdugos y desdeñar los propios. No en vano la dictadura militar logró vender la idea de “soberanía” y “nacionalismo”, mientras que la oligarquía feudal lo hizo con el “civilismo" y la “democracia”.
Desafortunadamente para estos paladines del buen nombre, cada vez que se publican los temidos leaks, las evidencias son tan contundentes, abrumadoras y sobre todo verosímiles que ni la más aguerrida y vehemente apología es capaz de ocultar o al menos tergiversar lo evidente.
La gran “infamia” de Panamá en esta trama ha sido el servir como suelo fértil para el blanqueo de capitales y la evasión de impuestos por parte de empresas offshore y seguramente muchas onshore dadas las marcadas “similitudes comerciales” que existen entre ambas. Sin embargo, para los que insistimos en vivir aquí honestamente, este llamado paraíso fiscal se asemeja más a un infierno.
La suma total de los impuestos que pagamos los no pertenecientes al exclusivo ‘club de los exonerados’ es apenas inferior a la de EUA y Canadá, países con una inversión social muy superior a la nuestra. Sumado a esto, la desigualdad en la tasa impositiva entre los miembros del Jet Set y la agonizante clase media trabajadora es absurda. Por ejemplo, en Panamá, un docente paga ocho veces más impuestos que una naviera. ¿Cuántos de los que aquí trabajamos de verdad podemos decir que nuestra calidad de vida ha mejorado a raíz de la efervescencia económica que el país ha experimentado en la última década? Es cierto, todo se ve más fashion pero mayormente gracias al endeudamiento crónico y al dinero mal habido.
No es de sorprender, sin embargo, que sobren “igualados” quienes, producto de la amnesia, del ilusionismo y la esquizofrenia financiera, se sientan erróneamente identificados y hasta incluidos en este frenesí reservado sólo para “VIPs”. Para la restante ínfima minoría consciente de nuestros compatriotas, las consecuencias de este apocalipsis económico quizás sean mucho más alentadoras que la hasta ahora muy sonada bonanza. Esto, sin embargo, podría llenar de tristeza a nuestras “prominentes personas de negocios”. Pues bien, los que a unos cura, a otros mata. Ciertamente, las sociedad panameña nunca ha sido un modelo de civismo, pero, en un pasado no muy lejano, aquí se vivía con mucha más dignidad a pesar de la modestia.
Docente