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Panamá en 1747, según Marini IV


Rosendo Torres (opinion@epasa.com) / Sacerdote jesuita.

Prosigue el cronista: “Causa lástima y horror el ver la libertad y desahogo con que viven y tratan los más, sin que la justicia se atreva a poner remedio y resistir a la corriente impetuosa de los vicios y maldades que tienen como inundado todo el lugar. Aun los ministros evangélicos se van cada día acobardando más y más, viendo que no se oyen sus voces en medio de tanta confusión y

alboroto por más que se esfuercen por levantar el grito. Este es el estado material y político en que se halla al presente Panamá”.

“Por lo que toca a nuestro Colegio, es de saber que los primeros jesuitas que asentaron el pie en esta ciudad fueron el P. Juan de Baena y el hermano Juan de Casasola, quienes habiendo venido de España por el año 1561 con otros muchos sujetos de la Compañía, por orden de San Francisco de Borja, general, para cultivar los Reinos del Perú, pasaron primero a Lima; de allí, a los siete años, es decir por el año 1568, fueron enviados a esta ciudad con una escuadra de gente de socorro, que remitió el Sr. virrey para la defensa de este reino contra un pirata inglés que infestaba la costa. Como que ambos religiosos dieron luego muestra de su gran celo y caridad ejercitándose en los ministerios propios de nuestro instituto, los vecinos de Panamá solicitaron de

los superiores licencia para que quedaran los padres de asiento, prosiguiendo en sus ejercicios, tan provechosos en lo mismo, como de hecho lo consiguieron, quedando desde entonces establecida la Compañía con título de residencia, que perseveró por más de treinta años, viviendo los sujetos de limosna sin género de rentas ni bienes raíces y con la misma pobreza y rigor de casa profesa hasta que, finalmente, por el año 1608 fue nombrada de nuestro padre general Claudio Aquaviva por uno de los Colegios de la provincia del Perú, señalando por su primer rector al P. Ignacio Jaime con permiso de fundar casa con cimientos estables, rentas y bienes raíces para su conservación, lo cual, sin embargo, no llegó al afecto hasta el año 1651, en que siendo rector el P. Hernando Cabero, provincial el P. Gabriel Melgar y general de la Compañía el P. Francisco Piccolomi-

ni al alguacil mayor de esta ciudad, D. José García de Álvaro y Mesa, de común consentimiento con su esposa, doña Beatriz Fernández Cabero, con el cargo de mantener dos cátedras, la una de Artes y la otra de Teología escolástica, fuera de otras dos, la una de Moral y la otra de Gramática, que estaban antes y ya establecidas.

Sacerdote jesuita.