Panamá en el Bicentenario
Las débiles neuronas culturales que nos conectan a la tradición y a la historia de las luchas por la independencia que hace 200 años emprendieron próceres hispanoamericanos, explican el poco entusiasmo que hasta ahora se ha sentido en nuestras tierras por celebrar 200 años de vida política independiente en este sub hemisferio. Es verdad que la decisión de emanciparse no llegaría a cuajar en el istmo sino hasta 1821, cuando estaba ya muy avanzada la descomposición del viejo orden de la España Colonial. No obstante, no deberíamos subestimar la profunda deuda social e histórica que tiene la identidad panameña respecto de las batallas libradas en América del Sur desde 1810. Sería muy bueno para fortalecer nuestro carácter nacional y nuestro compromiso con el desarrollo de nuestros pueblos que aprendiéramos a enmarcar la forja de la identidad panameña en aquellos procesos que comenzaron a desencadenarse en todo el continente hace ya dos siglos. Es lógico que los gobiernos escojan con qué gobiernos desean estrechar lazos, pero nunca deberíamos olvidar que fuimos primero parte de esa gran nación latinoamericana guiada por las ideas de la Ilustración, y que nos corresponde celebrar, junto a los Estados suramericanos, el advenimiento de un nuevo orden político, del que el presente, con todas sus mezquindades y equivocaciones, sigue siendo tributario. Renovemos el espíritu del Congreso Anfictiónico de 1826 y descubramos nuevamente la vocación cosmopolita e internacionalista que fecundó el proyecto republicano de los fundadores de la patria.
