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Panamá: ¿país o proyecto de Colombia?


Silvio Guerra Morales (opinion@epasa.com) / PANAMA AMERICA

Crecí, en medio de una sociedad, que era fiel creyente de lo suyo. Entendiendo por “lo suyo”, precisamente, el conjunto de elementos y valores espirituales, morales, materiales, éticos, territoriales, poblacionales, etc., que integran eso que da en llamarse la cultura e identidad de una nación.

Crecí, sin duda alguna, leyendo y memorizando todo un catálogo o rosario de elementos intrínsecos de nuestra historia y que hicieron a nuestra nacionalidad fortaleciendo nuestro nacionalismo. Entendiendo, de igual manera, por nacionalismo una sola cosa: doctrina de lo nacional y por ella acendrado amor a la Patria, a las cosas de nuestra historia, al orgullo que se lleva dentro, muy dentro, atesorado por siempre en nuestras vidas y acciones, por todo lo que suene, huela o diga algo de Panamá.

En ese santo rosario de patriotismo, aprendí a respetar la bandera nacional y sus nítidos colores; el escudo nacional, siempre admirado por mí, encierra tomos de nuestra historia y leerlos, con espíritu de patria, enaltece nuestro espíritu elevándolos a categorías superiores de verdaderos valores de fe y esperanza; la defensa de lo nacional aparece en ese rosario de historia como un eslabón relevante, pues ante la existencia de los zoneítas, en nuestro propio territorio, manchadas las aguas del Canal por nuestra propia sangre, sangre de inocentes, crecimos sintiéndonos custodios eternos de lo nuestro.

En ese contar de acontecimientos, el recitar la poesía Patria, del bardo de la nacionalidad, Ricardo Miró, era tarea obligada en las aulas. No menos la poesía Al Cerro Ancón, de la poetisa Amelia Denis de Icaza. Pronunciar esos versos, empapados de amor por la patria, nos emocionaba, al mismo tiempo que enervaba nuestros espíritus cada vez que veíamos la cerca de alambre ciclón que impedía, con presencia de soldados gringos, que los panameños pisáramos nuestro propio suelo. Se trataba, de hecho, de una quinta frontera en nuestras propias narices.

Formo parte de una generación de personas que atendíamos desde: el cómo se amarran los calzados hasta cómo se debía un caballero o una señorita peinarse; de esa generación que recibíamos llamados enérgicos de atención por parte de la maestra si nuestras uñas estaban sucias o si ni siquiera la peinilla o el cepillo había pasado por nuestras cabelleras. Se trataba de una generación de estudiantes, de jóvenes, que éramos mandados de vuelta a casa si el pantalón no llevaba el largo recomendado por el plantel o si las faldas de las muchachas no tenían por lo menos cuatro pulgadas por debajo de la rodilla. Se trataba de una generación, cuyas vivencias de infancia y de mocedad se vivió hace casi cuatro décadas y media, si bien es cierto que los cambios que la hacen, casi desaparecer, se han venido observando desde hace dos décadas.

Hoy acudimos, con pena lo digo, a un escenario de la superficialidad, de la banalidad, de los paroxismos y de la improvisación. Hoy vende más el lenguaje inculto, la palabra soez, el pensamiento vulgar antes que el verbo y el verso refinado; se impone soberbia la desfachatez y se ve lastimada la prosa acabada con lujos del idioma y, en peor aún, la mediocridad rampante pulula por doquier y el intelecto es censurado de ser cansón y cuando no, de “no estar en nada”.

Ya de las conversaciones se han ausentado los autores y son pocos los que aún recuerdan la belleza y profundidad literaria de un Dostoievski o de un Tolstoi, de un Neruda o de un Sinán, solo por mencionar nombres que nunca mueren, sin desmedro de otros.

En una ocasión cité un pensamiento de William Shakespeare y mi colega contendor, con gozo lo hacía, se burlaba ante el jurado de quien puso en uno de sus personajes el pensamiento de “Algo podrido huele en Dinamarca”- Eso decía el fiel Marcelo a Hamlet y Horacio-. Pero, a raíz de qué lo anterior. Sencillo. Estoy enfermo de la colombianización que advierto en este país con el silencio de las autoridades. Repito, no soy xenófobo. Pero que penetren y pisoteen nuestra identidad nacional, nuestra cultura, nuestros valores y que haya no pocos panameños que quieren emular el “cantaíto” propio del hablar de ellos, es cuestión que no me cuadra aún.

Peor, estoy harto de que nos metan a toda hora los curvilíneos cuerpos de las colombianitas en las telenovelas y, dicho sea de paso, producción nacional, nada. Ahora hasta se le pide a nuestra niñez que participe a ver quién mejor imita a un tal Germán que dicen, es el “man”. Y nos quieren meter a un supuesto líder Orozco, que solo conocerán allá y quienes amen el ballenato o lo que sea.

Pero, por favor, panameños, seamos serios y creamos más en lo nuestro y defendamos nuestra patria, nuestra identidad nacional.

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Viernes 14 de agosto de 2026