Panamá: Una sociedad que se pudre lentamente
Los signos son claros. Si ya nos parecen normales, es porque la cosa cada vez se pone peor. No estamos solamente hablando de una sociedad que no encuentra su madurez democrática, amén de la casi imposibilidad de que nuestra clase política trabaje, de una vez por todas, en reforzar la institucionalidad del Estado.
No es solo el hecho que la justicia está absolutamente desprestigiada. Va más allá de realidades como la desconfianza en nuestros encargados de la seguridad ciudadana, encargados de la administración del Gobierno y, peor aún, ya llegamos hasta quienes administran los recursos que antes pensamos no serían un problema.
Si durante un fin de semana se materializa la acción delictiva de robar un bebé de una maternidad pública, donde las investigaciones revelan toda una conspiración elaborada durante meses, con toda una asociación para delinquir que logra actuar con la seguridad de que lograrían su objetivo, algo no está bien.
Si durante el mismo fin de semana se materializa la ejecución de un ciudadano por parte de sicarios en el pasillo de un concurrido centro comercial, y las investigaciones revelan que la víctima era una persona con antecedentes penales, y eso desnuda la imposibilidad de estar seguros hasta en los sitios en los que así lo creíamos, algo no está bien.
Nuestra sociedad se enferma gravemente a pasos agigantados. Es impensable la idea de que las fuerzas de seguridad nos puedan poner un policía a cada ciudadano para custodiarnos. El Gobierno no es el único elemento de este sistema que, en su conjunto, cada vez está más podrido.
En un país donde sus profesores y maestros apuestan por dirigentes que, sin ningún problema, prefieren politizar la educación antes que buscar lo mejor para sus educados. Donde cada gremio ha decidido que sus problemas son los más importantes, y el resto, que espere.
No hay forma que los ciudadanos respeten las reglas del tránsito, es más, las elementales normas de cortesía, si los funcionarios van en vehículos sin placas, con luces escoltas inadecuadas y hacen lo que les da la gana.
Se deja de creer en el sistema cuando quienes son señalados como corruptos pueden viajar y vivir impunemente gastando la plata que, supuestamente, le quitaron al pueblo. Y esto ha sucedido desde que somos República, por lo que es un daño que ya casi ni se percibe.
Es un país con una sociedad que se enferma. Se enferma de desigualdad, de valores, de iniciativas. Queremos que otros nos resuelvan los problemas y, para colmo, no nos importa que gobernantes irresponsables presenten subsidios de todos los tamaños y sabores para ganar el favor del votante con los recursos que son de todos.
Y para colmo, la preferencia por la telebasura y la radio chabacana, temas que ya he abordado, hacen casi imposible que tengamos esperanza de un "golpe de timón" a esta lamentable situación.
Leía sobre un profesor en otro país, cuya sociedad ya ha transitado el camino que iniciamos, afirmando que no regresará a dar clases, ya que no logra que sus estudiantes dejen de ver tonterías en su celular. Lo ha intentado todo y no lo logra. Es una generación que apostó por lo mediocre y punto.
No estamos muy lejos. Si lo que más les interesa a nuestros jóvenes son las aventuras diarias de otros como ellos que, con tal de sentirse populares, son capaces de todo; la batalla está casi perdida.
El Ministerio de Salud ha informado que más de 900 adolescentes y niñas, entre los 19 y los 10 años, han quedado embarazadas en nuestro país solamente en el mes de enero pasado.
Estamos hablando de una generación cuyas abuelas, esas que les van a guiar a sus generaciones anteriores con su sabiduría, experiencia y fortaleza, con suerte llegan a los 40 años.
Mientras tanto, seguimos mirando para otro lado. Esto es grave. Y no tiene una solución rápida o sencilla.
El crecimiento económico lo único que nos ha dejado con seguridad es una sociedad enferma. Porque estamos más pendientes de tener dinero para Carnavales y discotecas, noches de cervezas con los amigos y no del creamiento como sociedad, de la solidaridad, del respeto a la dignidad humana, de conocer los valores de la democracia y la correcta ciudadanía.
Espero que no nos pase como a otros países, cuya sociedad enfermó hasta los cimientos y, cuando ya fue demasiado tarde, solo los pudientes y profesionales han logrado escapar a otros países, dejando atrás sus propios errores.
Ese es nuestro espejo. O esto cambia o nos veremos haciendo fila en el aeropuerto, haciendo las selfies de despedida, si podemos.
Ingeniero y comunicador social