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Para conquistar el respeto del pueblo


Comprendemos lo difícil que es “el arte de gobernar”. En verdad, no es nada fácil; es una tarea muy compleja; una entrega que impone muchos sacrificios. Empero, la ocasión es oportuna para compartir reflexiones docentes sobre la afirmación de que la prosperidad de una Nación depende, en gran medida, de quién la dirige y del modo cómo la dirige. Por mucho se ha hecho popular el aforismo: “Un buen jefe, buenos empleados”. Así, en el campo político-administrativo, los funcionarios y empleados del Estado (aunque posean las mejores aptitudes), sin son dirigidos por gobernantes, ministros, directores generales o jefes incapaces no producirán otra cosa que un rendimiento mediocre.

De lo expuesto, queda claro que el gobernante debe reunir una serie de condiciones para realizar sus funciones con eficiencia humana: alto nivel de inteligencia; voluntad firme y tenaz; valor y coraje para la toma de decisiones y para asumir responsabilidades; tener claro sentido del deber; preocupación por el bienestar general y capacidad administrativa y de organización. Casi todos los autores están de acuerdo en afirmar que una multitud, un pueblo sin dirección, sin sentir la influencia de un buen conductor, constituye una reserva de energías latentes, incapaz de un esfuerzo creador.

Cuando surge un gobernante, un auténtico conductor e intuye lo que esa comunidad o pueblo desea y espera, entonces despierta sus impulsos, anima su fe, une sus fuerzas y las dirige sabiamente hacia una labor productiva, de bien común. ¡Es la actitud, la nueva faceta que deben presentar los gobernantes y sus máximos colaboradores! Con ello lograrán estimular a que todas las miradas de sus gobernados se concentren en ellos. Su actividad, su honestidad y su entusiasmo se tornan contagiosos, y los gobernados se afanan por imitarlos y los toman como ejemplo para la conducta y el trabajo.

Si los gobernantes quieren servir de ejemplo para sus gobernados, deben afrontar con entereza y optimismo los problemas sociales propios de nuestros pueblos en vías de desarrollo. Han de educar su voluntad sometiéndose a una rigurosa disciplina personal, para poder exigir la disciplina a los demás. Todo es cuestión de hábito. Así como se forman hábitos para el trabajo, constituyendo reflejos condicionados para una labor determinada, también es posible formar hábitos de conducta en las relaciones con nuestros compatriotas.

Los ciudadanos en una democracia exigen de sus gobernantes muchas virtudes morales, tales como la veracidad, la perseverancia, el fiel cumplimiento de las promesas y la máxima virtud que es la justicia. Los gobernantes y su equipo de gobierno deben reunir estas cualidades mínimas, y tratar a la gente de sus pueblos con elevado sentido social y humano, para hacerse merecedores a la admiración y el recuerdo de sus conciudadanos con un sentimiento cercano a la veneración.