Para pensar
No vivimos en un país pobre en recursos, pero sí vivimos en un país empobrecido por una desigual distribución de las riquezas. Tenemos, sí, una quinta frontera, pero esa quinta frontera no es nuestro Canal, como muchos aspiran, sino más bien una frontera que encierra un país de algunas pocas cuadras, con una capital que es supuestamente marco del progreso latinoamericano; con fachadas muy lustrosas que se encuentran altas con ese amanecer. Pero basta recorrer unos kilómetros en cualquier dirección que no sea el mar, para encontrarse con un Panamá muy distinto. Un Panamá plagado de necesidades de una enorme proporción.
Pasado el puente, hay otro mundo. Una sola vía cruza esta nación de casi una frontera a otra; la única arteria que comunica y trae la parte no importada de los alimentos a esa población de origen muy diverso que, por necesidad, se ha venido a congregar en la ciudad y que hoy, como las hondas que se extienden en el estanque que golpea la piedra, se extiende más y más en cinturones de pobreza a lo largo y ancho del perímetro de nuestra capital. Esta patria impar nuestra se mueve, a veces, como por inercia; con una planilla estatal que sostiene a un 6% de nuestra población total y, lo que es más grave, que compone hasta un 15% aproximadamente de la población económicamente activa. Es decir, que de una población económicamente activa de 1.7 millones, 225,000 ciudadanos panameños dependen hoy del Estado. En términos comparativos, Chile, con una población que supera los 17 millones de habitantes, solo mantiene una planilla estatal de 90 mil servidores públicos.
No hay duda de que el sector público, y sus colaboradores serios, revierten verdaderamente a la economía aquella labor que sus salarios justifican; no hay duda también de que una reducción drástica de esa enorme maquinaria que cada vez hace mayor, surtiría un efecto caótico para el sector privado de nuestra nación. Pero debe el mal encontrar su propia cura; así como el suero para salvar la vida reside en el veneno mismo que también la quita.
Lo anterior no es sino un reflejo gráfico, e insípido tal vez, de la realidad a la que pretendemos arribar: la pésima distribución de las riquezas en nuestro país. Mientras persista ese modelo que nos caracteriza, no habrá miras hacia un progreso serio y sostenible.
Debemos comenzar por corregir, tal vez, precisamente lo que el servicio público debería ante todo personificar. Si la distribución de las riquezas deja caminos de penetración desatendidos a escasos kilómetros de nuestra capital, hay que comenzar por ser sinceramente empáticos con esa población privada hoy de vialidad. Cuántos funcionarios públicos no hacen un despliegue de sirenas, y transitan la ciudad escoltados por 5 o 6 seis vehículos, degradando el pavimento con la falta de empatía social. Se comienza, tal vez, por lo más básico que reside en el ejemplo; una sencilla austeridad, que muestre ese deseo de solidaridad con el resto de la población. No se desplacen de un lado a otro con cientos de escoltas y de guardaespaldas, alejándose así de las realidades básicas de nuestra población, y destinando un gasto innecesario a la custodia personal, que debería servir para aquello en lo que más nos falta para comenzar, la educación.
Abogado