Para una selección de ministro de Educación
Entre los muchos problemas que tiene que afrontar la administración de un gobierno democrático como el nuestro, se destacan aquellos que atañen directamente a la educación del pueblo. Es por ello que la persona a quien el presidente de la República confíe la cartera de Educación, a partir de julio de 2014, debe reunir no solo títulos que lo acrediten como un profesional en una determinada disciplina, sino experiencia docente y administrativa probada, sobre todo en los niveles de enseñanza básica y media, así como suficiente dominio en el conocimiento de la historia de la educación nacional, para que no resulte ser “aprendiz” o un “improvisado” más de los tantos que han transitado como tal, en la rectoría del Ministerio de Educación.
Existe, pues, una realidad primordial en todo esto: la actitud y la mentalidad del ministro de Educación ante los muchos y complejos problemas propios del sistema educativo nacional. A nuestro juicio, el ministro de Educación debe estar bien enterado de los asuntos educativos nacionales --desde los problemas de carácter administrativo y técnico hasta los de orden económico y social-- para que pueda disponer de una actitud científica altamente pedagógica que le permita observar las cosas con objetividad y proceder como un verdadero ejecutivo en función docente, eminentemente educativa. Hemos dicho que debe estar bien enterado de los problemas educativos, para que no caiga en la rutina que fácilmente somete a los ministros del ramo, la influencia negativa de los tentáculos invisibles de un pulpo mágico que vegeta en el Ministerio de Educación, y que todavía, a pesar de los años de brega y de esfuerzos por el mejoramiento integral de la educación, sigue imponiéndose en la rectoría máxima de la Educación Nacional.
Recomendamos al próximo ministro --quien quiera que fuere-- sobre todo a quien no haya ejercido como maestro en zonas rurales, acostumbrarse a realizar visitas periódicas, bien planificadas, a los distintos lugares de la República, a las escuelas enclavadas en zonas de difícil acceso, para que conozca la realidad de la educación en los lugares más apartados del Istmo; para que observe en el terreno de las realidades, cómo y en qué condiciones trabaja el maestro y el profesor rural en Panamá; que sepa dónde se necesitan edificios escolares, según las condiciones de la zona y del lugar, y cuál ha de ser la participación de la comunidad local en su construcción y conservación; que pueda conversar con el maestro y con el profesor en forma franca y amistosa para estimularlo por la gran labor que se realiza --no con pocos sacrificios-- en aquellas zonas apartadas de nuestra geografía.
En el Ministerio de Educación ha de encontrar el ministro de turno, en las distintas direcciones, departamentos y secciones de la planta principal, así como en las direcciones regionales o provinciales y en algunos colegios y escuelas, muchos funcionarios y docentes dados a la rutina; y otros que, por la edad avanzada y por la salud resentida, ya no pueden rendir más de lo que han podido hacer (estos casos merecen la separación que justifica una jubilación ganada); encontrará también los “consejeros y/o consultores” más caracterizados por ostentar influencia personal, que por servir como es debido; encontrará los eternos lamentos de quienes solo demandan aumento de salario, a veces sin créditos y sin fundamento en el trabajo rendido; encontrará en fin, un ministerio que requiere con urgencia de un edificio moderno, un “hogar decoroso” permanente, porque en la actualidad funciona en un viejo edificio improvisado, el cual sirvió como hospital psiquiátrico de las fuerzas armadas estadounidenses acantonadas en la antigua Zona del Canal, durante la Segunda Guerra Mundial.
También requiere el Ministerio de Educación de una reorganización que sea funcional en la medida que redunde en beneficio de la enseñanza y la cultura panameña. En suma, la Nación panameña necesita ministros(as) de Educación con un nuevo perfil; que asuman una nueva mentalidad, cada uno en su oportunidad y en su momento, con espíritu de hacer cosas mejores (no demostraciones efectistas recurrentes), de producir y hacer producir educación de calidad.