Paralelismos internacionales indeseables
Días atrás nos desayunamos una de esas noticias impensables que, por su naturaleza, los involucrados siempre deben evaluar con todas sus aristas: Donald Trump, el muy polémico y extravagante candidato del Partido Republicano a presidir los Estados Unidos a partir de enero de 2017, se iba a reunir con el presidente de México, Enrique Peña Nieto, en la ciudad de México y a invitación de este último.
En el transcurso del día, aumentaban las interrogantes de semejante hecho político, sobre todo porque nadie entendía qué ganaba el presidente mexicano, a no ser que le dijera en su cara lo que todo latino le quiere decir al candidato inmobiliario: exigimos respeto.
Pero llegó el momento y el presidente Peña Nieto optó por el lenguaje diplomático. Para colmo, nebuloso y confuso. Mientras, el señor Trump, con un equipo de campaña experimentado y no dispuesto a perder la oportunidad, ya había programado lanzar al otro lado de la frontera mexicana esa misma noche su plan para los migrantes.
El resultado fue un increíble desastre político para el de Los Pinos. Donald Trump no solo no se desdijo de sus excéntricas barbaridades dichas anteriormente. Para empeorar la cosa, esa noche su discurso fue xenófobo y racista. Y por supuesto, dejó al presidente mexicano como un cero a la izquierda.
Todo lo anterior tiene un componente que hay que resaltar. La idea no pasó por el escritorio de la canciller mexicana, Claudia Ruiz Massieu. La responsabilidad ha correspondido al secretario de Hacienda, Luis Videgaray, que con una exótica teoría, quiso aprovechar las elecciones del país vecino para mejorar las perspectivas económicas de su país y, por ahí mismo, de su gobierno.
Este último funcionario ha sido removido y la propia canciller ha quedado muy tocada políticamente hablando. Ni hablar de la popularidad del ahora nefasto presidente mexicano Peña Nieto, que posiblemente haya infligido un daño terrible a las aspiraciones de su partido, el Revolucionario Institucional, con miras a las elecciones del año 2018.
Es importante que los Gobiernos tengan relaciones internacionales coherentes, racionales y coordinadas. Por más que, como en nuestro caso, la Constitución Política pone en manos del presidente de la República la conducción de las relaciones con los demás países, el equipo del Ministerio de Relaciones Exteriores es el que tiene la experiencia y el manejo diario de las situaciones diarias del mundo, su manejo y, por supuesto, el análisis de coyuntura para evaluar las consecuencias de cualquier acto.
En nuestro país nos hemos encontrado con un gobierno cuyas relaciones internacionales no son coherentes con la tradición de Panamá. Desde el cómplice silencio con la situación política en Venezuela hasta otras situaciones que más de una vez nos han dejado perplejos, como votaciones inexplicables en organismos internacionales, hacen que uno se pregunte si la Cancillería panameña es realmente tomada en cuenta cuando se toman las decisiones sobre qué hacer, que evidentemente se hacen en el Palacio Presidencial.
Y estas situaciones pueden tener consecuencias que, hasta hoy y más por obra de la suerte que por otra razón, no han pasado a mayores.
No tengo ninguna duda de la capacidad, experiencia y profesionalismo de la Cancillería panameña y su equipo. Pero tengo la impresión de que no son tomados en cuenta y tarde o temprano, podría el Gobierno Nacional tener que recurrir a la misma decisión que ha tenido que tomar el señor Peña Nieto, luego de su torpe acción política.
Ingeniero de Sistemas. Consultor-Estratega político