Participación ciudadana en el sistema de salud
Decía el Dr. José Renán Esquivel, ícono de la medicina social, que “salud es lucha”. En efecto la célula más sana del cuerpo es la que más se esfuerza por mantenerse así, a sí misma y a su entorno. En la misma línea de reflexión que los problemas de salud no están en los hospitales, sino en las comunidades y que la respuesta idónea de un buen sistema de salud va más en el sentido de dotarlas de los insumos para tener calidad de vida que invertir en infraestructura para atender los problemas derivados de no tener las condiciones mínimas requeridas para una vida digna. Impacta más la salud comunitaria dotarla de agua potable que construir un dispensario.
Este enfoque no coincide con el de la burocracia administrativa del sistema público de salud empeñada en la frenética tarea de destinar millones a crear más infraestructura; el caso del Hospital de la 24 de Diciembre es emblemático y paso de la administración del Ministerio de Salud a la de la Caja de Seguro Social. Inaugurado hace menos de tres años, en medio de la pompa acostumbrada, el hospital en cuestión, dotado de cinco plantas no llegó a ocupar más que la primera. A todo esto, las “poblaciones beneficiarias” huérfanas de toda forma de organización que les permita incidir en las decisiones son el convidado de piedra. Sobran comentarios ante la contundente realidad. No sin razones, decía el maestro Renán Esquivel: “el principal Centro de Salud es la propia vivienda en que convive la familia, los hospitales son el fracaso de la salud, no es que no se necesiten, sino que deben poseer una orientación muy humana y cumplir funciones extraordinarias”.
La salud es un producto integral, resultado de la interacción de factores que la condicionan; ingreso, posición social, educación, entorno físico, condiciones de trabajo, características biológicas, hábitos personales, gestación y desarrollo de niños sanos, redes de apoyo social y acceso a servicios de salud de calidad.
La producción y la conservación de la salud requieren que la sociedad priorice la prevención de la enfermedad y promocione la salud en todas las formas posibles. No resulta descabellado, pues que los sistemas de salud deban ser considerados simultáneamente como sistemas socioculturales, no solamente de atención médica curativa y que toda forma de injusticia social, con frecuencia, pueda ser lícitamente considerada una enfermedad.
Hay una dimensión de grandes magnitudes en este enfoque de la salud, que pone el acento en las decisiones personales y derriba la extendida filosofía de muchos que piensan que les asiste el derecho a vivir como les da la gana. Nadie tiene tal derecho, los costos sociales de las malas decisiones personales las pagamos todos, no solo quienes las toman. Alguien puede, por ejemplo, beber y conducir bajo los efectos del licor, tener sexo sin protección o hacer algo tan inocuo en apariencia como no tomar suficiente agua, o llevar una dieta inadecuada, pero las posibles consecuencias seguramente recaerán sobre todo el sistema social.
Cierto que vivimos en una sociedad y en un país donde resulta más fácil entrar a una cantina o un casino que a un gimnasio público o una biblioteca, y que la población está expuesta de forma involuntaria a muchos riesgos. Pero al final la cruda realidad es que la decisión es personal.
Urge a nivel individual y colectivo que las comunidades y sus miembros se conviertan en agentes proactivos, productores de un entorno sano.
La salud y la producción de condiciones de vida saludables son una responsabilidad compartida: un caso emblemático de ello es la disposición de la basura.
El reto es impostergable. Un primer paso en la obtención de mejores condiciones de salud es la organización comunitaria. Reactivar comités de salud, crearlos donde no existen, despolitizar los existentes, dotarlos de autonomía y beligerancia son elementos insustituibles en la optimización de la operatividad del sistema de salud pública.
Sociólogo.