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Partida discrecional


La denominada partida discrecional, un millonario fondo puesto a órdenes del mandatario de turno, ha generado toda clase de críticas desde su creación en la era democrática.

Este dinero ha sido utilizado en el transcurso de los años por los diferentes gobernantes para cubrir todo tipo de gastos, algunos de ellos injustificables y altamente cuestionados.

Entre los tres últimos presidentes, Ernesto Pérez Balladares, Mireya Moscoso y Martín Torrijos, más lo que lleva en el poder Ricardo Martinelli, se han gastado la suma de 83.3 millones de dólares de forma discrecional, es decir, sin mayores controles o limitaciones.

La Real Academia Española de la Lengua tiene dos acepciones para la palabra discrecional: “algo que queda al arbitrio o buen juicio de alguien” y “algo que queda al antojo o voluntad de alguien, sin tasa ni limitación”.

Pareciera que el “buen juicio” no ha primado en la “voluntad o antojo” de nuestros gobernantes para manejar estos fondos públicos. Las cuentas que ellos mismos han tenido que rendir a la sociedad panameña por mandato de ley y por presión popular, lo demuestran.

Joyas y vestidos de lujo, pomposos viajes al extranjero, estudios superiores en prestigiosas universidades locales e internacionales, fiestas, operaciones para amigos y copartidarios, materiales de construcción manejados con criterio político y compras directas que levantan suspicacia, figuran en el uso dado a este dinero.

Analistas internacionales sostienen que no hay nada más peligroso que poner en manos de políticos el manejo de fondos o recursos públicos de manera discrecional.

Generalmente los fondos usados de esta manera no terminan en manos de las personas que más los necesitan, sino en poder de aquellos que rinden algún rédito a los gobernantes de turno.

Está demostrado que el manejo de esta partida no ha podido desligarse de la política, y parece difícil que esto ocurra. La ocasión es propicia para que el presidente Martinelli cumpla su promesa de reducirla y convertirla en un fondo especial, mucho más pequeño.