Pasatiempos en época de próceres
Siempre me he preguntado qué hacían nuestros bisabuelos para no aburrirse, viviendo en medio de una sociedad donde las muñequitos eran algo excéntrico y los partidos de béisbol, una propuesta futurista. Sin cine ni televisión y con música que sólo se podía escuchar en vivo. La necesidad de entretenerse, sin embargo, era una idea legítima en esos primeros años de república, al inicio del siglo pasado. Muchos de aquellos pasatiempos aún se conservan, desde la rayuela a la lectura, mientras otros se convirtieron en recuerdos como la lata y la gallina ciega.
Nuestros antepasados eran personas con necesidades terrenas que a veces se habrán sentido invadidas por el tedio. Los viajes al interior eran muy aburridos, dada la mala calidad de los caminos, la carencia de alojamiento y la incomodidad de las carretas. Un viaje de la capital a Penonomé tardaba un mínimo de cuatro o cinco días que resultaban muy pesados: no había nada que hacer durante el trayecto. Muchas cartas de ese tiempo hablan del tema.
Los bailes que implicaban gestos y movimientos corporales no estaban bien vistos dentro de la sociedad, a diferencia de las tertulias. En general se llevaban a cabo en las casas y eran reuniones sociales con una agenda bastante prefijada, en horarios desde las 4 de la tarde hasta antes de la medianoche.
La comida también tenía su lugar durante las tertulias; se servían bollos y panecillos, y se tomaba café. El café se asociaba con la cultura europea, no con la colonial hispana. Era algo exótico que daba status y entonces lo ofrecían las familias más adineradas, aquellas con mayordomo que anunciaba a los invitados. La calidad del azúcar que se servía también indicaba el nivel de la residencia: se trataba de un producto difícil de conseguir y, a mi juicio, esa escasez determinó el gusto de los panameños por el café y la azúcar de calidad. Si hablamos de los niños, se tenía una visión diferente a la de ahora: se los veía como adultos que estaban desarrollándose y que necesitaban pautas morales muy claras para aprender comportamiento.
Los juegos aparecen con un rol menos significativo que hoy, aunque igual existían. Se jugaba mucho a las bolitas, fabricadas en vidrio o cerámica.
La gente iba a bañarse a los ríos y playas, donde había balnearios y caseríos. Las mujeres preferían el atardecer para que sus cuerpos no se vieran tanto.
Las peleas de gallo despertaban mucha pasión. Las riñas de gallos también ocupaban un lugar importante. Era un espectáculo sólo para hombres y, obviamente, se apostaba dinero a favor de uno u otro animal. Antes las galleras estaban en el centro de la ciudad pero se reubicaron porque se produjeron disturbios cerca de las casas de familia y la gente se quejó.
Las corridas de toros eran algo más familiar, y siempre coincidían con las fiestas patronales o la fundación de alguna ciudad. Tanto deleite causaron estas actividades que años más tarde fue necesario la construcción de una plaza de toros, conocida como La Macarena, que tenía una capacidad para más de cuatro mil personas.
El carnaval era una fiesta muy fuerte: institucionalizaba el concepto de desborde y el derroche. La comunidad antillana ocupaba un rol central en esos festejos: se reunían grupos de distintos barrios que competían entre ellos en la calidad de su música y de sus bailes. Muchos formaban cofradías a las que les ponían nombres de santos, aunque en la práctica obedecían a ritos paganos. Eran momentos centrales de la vida pública.
En el campo había dos actividades que se realizaban los domingos. Una era pasar por el mercado público, donde se compraban gallinas para cocinar la sopa. La otra se relacionaba con las carreras y los juegos alrededor del parque central. También proliferaban competencias para llamar la atención de los habitantes en el quehacer nacional.
Como se puede observar, mostrar sus destrezas fue algo que siempre motivó a nuestros bisabuelos, más allá del tiempo y de su condición social.
Empresario.
