¡Patria: justicia y libertad!
En el Mes de la Patria, la Patria está hecha leña. Por doquier quejidos y quejumbrosos lamentos llenan el oxígeno de melancolías que provienen, sobre todo, de los sectores pobres. ¡Siempre los pobres! En el Mes de la Patria un no sé qué divide a sus hijos y el espíritu de la discordia se ha apoderado de sus escenarios: la familia, las instituciones, el derecho, la Justicia, la Asamblea, el agro, los empresarios, los estudiantes y hasta los indígenas. En el Mes de la Patria ya casi nadie se acuerda de la Patria. La Patria herida, la mutilada, la cercenada en su soberanía, lo mismo que aquella que tantas veces, por sus propios hijos, ha sido traicionada, vilipendiada.
La dignidad nacional, se dice, es la dignidad de un pueblo. Sin embargo, hay un pueblo que no entiende el significado de la palabra dignidad: maúlla por las noches de hambre y de frío y en los días de sol, agoniza con una mirada perdida en la esperanza que se distancia de sus ojos.
Ya no hay hijos que quieran guardar las huellas de los pasos de los valientes, los que se atreven, los que hablan por la Patria, los que nunca sienten ni tienen miedo y se acabó el Chorrillo indómito y rebelde que clamaba por la Patria buena, la Patria justa, la Patria de todos. Y ya la Patria, la Patria cansada, llora, lamenta que en el Parque de Santa Ana no se escuche el grito patriótico de sus buenos hijos clamando por justicia y porque sin ella la Patria se vicia.
Ya no resuenan altisonantes las consignas populares y la Patria extraña el canto protesta de aquellas consignas que golpean la dura cerviz de los que gobiernan: "gobierno que reprime a su pueblo, gobierno que se cae; arroz, poroto y carne, el pueblo tiene hambre; ya van a ver, ya van a ver cuando el pueblo se tome el poder".
No sabemos si la Patria extraña a su pueblo o el pueblo extraña a su Patria. O tal vez ya nadie extrañe a nadie. Poco importa el muerto en la esquina del zaguán; la candorosa criatura enterrada en las entrañas de su patria y un perro que escarba su dócil e inerme cuerpecito para clavar en su carne sus filosos colmillos; o la mujer violada o asesinada; o, tal vez, los presos sin condenas o el que se oculta en los ramales del frondoso árbol de la corrupción para mecerlas y cosechar el dinero del pueblo que vive sin trabajo, con miedo y sin libertad.
¡Oh Patria, Patria chica, Patria grande; Patria viva, patria muerta! Cuánto sufrimos, tus hijos buenos, tus nobles hijos, la mutilación perversa de tu nombre y de tu cuerpo. Cuánto sufrimos el engaño de los hijos que te abandonan porque se han ido a recorrer los caminos de la cosecha pervertida de tus faldas y de tus riquezas.
A veces pienso que la Patria es un sueño, no sé, o tal vez una pesadilla que no acaba. Cómo mienten los que hablan de justicia y de libertad; cómo engañan los que suben a tu cima y carcomen tus entrañas. Cómo mutilan tu nombre los que socavan tu erario y cómo juegan al columpio los que creyéndote ciega dicen tus pasos guiar, en medio, de un concierto de naciones que hoy nos mira con desdén y menosprecio. Como si una enfermedad muy rara, sida político o cáncer institucional, acabara con nuestra Patria, Patria que aún se llama ¡Panamá!
¡Oh Patria tan pequeña!, te llamó el poeta; tú que cabes toda entera en nuestro corazón, cómo quisiera yo, postrado a tus pies, entregarte en ofrenda grata un colorido racimo de justicia y bienestar para que esparzas en tus hijos buenos: amor, justicia, pan, alegrías y gozo sin par. Dios te bendiga, Patria mía, mi Patria buena, mi Patria Liberta!
Abogado