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Patrimonio y herencia


Alguna vez García Márquez escribió: “El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo”.

Cada persona almacena un diccionario mental que actualiza cuando las condiciones de un determinado tema lo requieran: léase disponibilidad léxica, misma que unos desarrollan más que otros, y que se fija en horas “de mucho leer y poco dormir”. Desde luego, la forma como nos expresamos dice mucho de nosotros.

A diario nos enfrentamos, los correctores, a un sinnúmero de errores de concordancia, de sintaxis irregular y de ortografía (para muchos la piedra en el zapato). Si no, fíjese usted: un médico quiso decir: “Inyecté al paciente”, pero escribió: “Inyecte al paciente”. Poco después, moría el pobre hombre de una sobredosis. ¡Dios, por una tilde! Créalo, escribir significa mucho más que juntar grafos.

Nuestro lexicón, insisto, debe ser capaz de distinguir entre una forma verbal y otra.

Veamos ahora tan solo dos de los errores más comunes de ortografía: el verbo “haber” funciona muchas veces como auxiliar, casos en que se escribirá con “h” (de ninguna manera: “El futbolista equis a encestado”). Hay que tener cuidado también con los homófonos, que pueden dar pie a malas interpretaciones en la escritura: “Los pollitos se revelaron” es una cosa imposible; es posible, no obstante, que se rebelen contra la autoridad de la mamá gallina. Sucede igual con “acerbo” (“áspero de gusto”) y “acervo” (“conjunto de bienes morales y/o culturales acumulados por tradición o herencia”) o con las muy diferentes “cima” (“punto más alto”) y “sima” (“cavidad grande y muy profunda en la tierra”).

Y qué decir de las palabras que en singular y plural se escriben igual y que están determinadas solo por el artículo: “el análisis”/“los análisis”, por ejemplo.

Recuerde: la lengua es patrimonio y herencia. ¡Que no tenga que señalar con el dedo por no encontrar las palabras adecuadas!

Álex Nieto Montilla

Profesor de Español

opinion@epasa.com